Oro, incienso y mirra

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Oro, incienso y mirra, fueron los regalos que recibió Jesús la noche de su nacimiento. Oro por Rey, incienso por Dios y mirra por hombre. Un hombre tan especial, que dividió a la historia en un antes y un después, un hombre que ha inspirado a cientos de artistas y sobre el cual se han escrito muchas historias. Como lo admiro, pero no soy capaz de escribir sobre él, quiero compartir un fragmento de una entrevista publicada en la revista “The Saturday Evening Post”, a Albert Einstein, que relató su admiración por Jesús, mejor que nadie. “Soy judío, pero estoy fascinado por la figura luminosa del Nazareno. He leído mucho acerca de Jesús, pero todo me parece poco profundo porque Jesús es demasiado colosal para la pluma de cualquiera, no importa cuan artística ésta sea. Ningún hombre puede mover el cristianismo con una réplica ingeniosa. Algunos ponen en duda que Jesús haya existido, pero yo la acepto incuestionablemente. Nadie puede leer los Evangelios sin sentir la verdadera presencia de Jesús. Su personalidad palpita en cada palabra. Ningún mito está lleno con tanta vida. Qué diferente, por ejemplo, es la impresión que recibimos por cuenta de héroes legendarios de la antigüedad, como Teseo y otros héroes de su tipo, que no tienen la vitalidad auténtica de Jesús. Nadie puede negar el hecho de que Jesús existió, ni de que sus palabras son hermosas y si algunas de ellas, se hayan dicho antes, nadie las expresó tan divinamente”.

Cartas y Tintas

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Una carta es una misiva cuya extensión varía según la persona que la escribe. Esta persona, que recibe el nombre de emisor, puede optar por escribirla como le dé la reverenda gana, utilizando cualquier tipo de papel y, generalmente, haciendo uso del primer lápiz que encuentra a mano. Si es zurdo, procederá a escribir con su mano izquierda y si es diestro, procederá a escribir con su mano derecha. En caso de ser ambidiestro, el emisor procederá a escribir, ya sea con la izquierda o con la derecha o alternando ambas manos.

Ahora bien, existen cartas escritas por personas que no se limitan a ser simples emisores, ya que eligen el tipo de papel que emplearán y no utilizan el primer lápiz que encontraron a mano, sino un lápiz especial que los identifica y los personifica por diversos factores, como por ejemplo, el color de la tinta.

Tonos cálidos

Rojo-Naranja-Amarillo

Tonos fríos

Verde-Azul-Violeta

El espectro del color es muchísimo más amplio, pero visto a grosso modo, los tonos cálidos producen exaltación y los fríos, serenidad. Aplicando dicho concepto en los diversos tipos de tintas existentes, el resultado obtenido es el siguiente:

Tinta Azul:

Inteligencia, calma, lealtad, confianza, sinceridad.

Tinta Negra:

Formalidad, misterio, poder, elegancia, prestigio, seriedad.

Tinta Roja:

Dado que se asocia al fuego y a la sangre, el rojo involucra enojo, peligro, maldad, pasión.

Tinta Verde:

Armonía, crecimiento, estabilidad, resiliencia, creatividad.

Si a todo lo anterior sumamos el tipo de letra del emisor y lo que desea expresarle a su futuro receptor, tendremos por resultado, más que a una carta, un retrato.

 

Carta escrita con tinta verde

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Solo te pediré que adaptes el grosor de tu piel para que las críticas no te transpasen y resultes herida y que tampoco las acomodes a tu percepción, porque lo que a ti puede parecerte excelente, puede no serlo para otra persona. Aprende a diferenciar una crítica constructiva de una destructiva y trata de mantenerte lejos de la admiración y del desprecio, ya que ambos suelen ir de la mano, alternándose.

 

Mi real naturaleza♐

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Mi real naturaleza, porque a pesar de tener y haber tenido muchas, es ser una arquera. Una que nació bajo el signo de un noble centauro y que siente haber vivido más de lo que parece o que, tal vez, sabe que ha vivido una vida tras otra, pero no lo proclama. Una arquera cuyo linaje es tan remoto, que aprendió a no olvidar que camina sobre tierra firme y que debe ser fuerte para sostener el arco que le fue asignado para lanzar sus flechas hacia el cielo y dar en el blanco. Soy una arquera y no es fácil derribarme, sin embargo, lo admito, la vida a veces es tan sarcástica, que ha desviado mis propias flechas para apuntarme en pleno corazón, dejándome heridas profundas como grietas, y he caído al punto de renegar de ser lo que soy, detestando el arco y arrojando las flechas, que no son otra cosa que mis propios sueños. Cuando eso me sucede, para ser fiel a mi naturaleza, recuerdo el sacrificio de mi ancestro, que renunció a su inmortalidad para cedérsela a Prometeo, y que Zeus, como homenaje, dibujó en el firmamento una constelación a la que nombró Sagitario y entonces, como si el cielo me perteneciera, me levanto, sano mis heridas, recupero mis flechas y orgullosa de mi estirpe, sostengo mi arco y, con firmeza, apuntando hacia la estrella que más anhelo, vuelvo a lanzar uno de mis tantos sueños, aunque lograrlo me lleve la vida. Soy una arquera, esa es mi real naturaleza, pero yo he decidido ser una que jamás abdica.

La rebelión de los Arquetipos

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La conversación de Caperucita y el Lobo fue escuchada por uno de los siete enanos que en esos momentos deambulaba por el bosque y que, impactado, no dudó en contarles el contenido de la plática a sus compañeros y a Blancanieves, quien, tomando partido por la pequeña, rechazó la manzana ofrecida por la malvada bruja para así abandonar la choza de los enanitos y realizar su sueño de estudiar odontología. La Bruja, enojada por semejante desaire, corrió a dialogar con el Espejo que, hastiado de darle la razón en todo, le contestó que cualquiera era más bella que ella y que si quería conversar citara a sus amigas a un aquelarre, porque él ya no estaba en condiciones de sociabilizar con una desequilibrada mental, ante lo cual ella reaccionó trizándolo de por vida. Dicha noticia cayó como un balde de agua fría sobre el mundo de los arquetipos, que no encontraron mejor solución que culpar al Lobo por lo acontecido. Pronto, esgrimiendo sendas pancartas con mensajes como “No al lobo” o “Keep calm y mata al lobo”, los personajes, hartos del yugo de la tiranía arquetípica, marcharon hacia a la cabaña de la abuela de Caperucita para encarcelar al Lobo.
-Abuela, vuelve a ocultarte dentro del ropero; y tú, Lobo, acércate a la ventana ahora mismo -ordenó la niña.
-¿Quién demonios son esos, pequeña?
-Son los arquetipos; al parecer se enojaron contigo por lo del Espejo.
-Vaya tontos -murmuró el Lobo, palpando el camisón en busca de su petaca-. Será mejor que los enfrente.
-Lo haré yo -dijo la niña, anudando el lazo de su caperuza-. No permitiré que te hagan daño.
El griterío cesó cuando la puerta de la cabaña se abrió, lentamente, para dar paso a una adorable niña vestida con una capa roja y con una cesta en sus manos.
-Por favor -exclamó la pequeña-, dejen a mi mejor amigo en paz, él es inocente y si desean culpar a alguien, culpen a Carl Jung.
-¿Sabes dónde podemos encontrarlo? -preguntó Maléfica.
-Si marchan fuera del bosque y dirijen sus pasos hacia a la ciudad, con toda certeza lo encontrarán -respondió Caperucita con voz tierna-. Él es el arquetipo del filósofo y analista del siglo XX y esta sumamente interesado en nosotros.
Dicho esto, la niña les deseó a todos buena suerte y entró a la cabaña para cenar junto a su abuelita y al Lobo. Horas más tarde, Jung, después de calmar a la turba de personajes de cuentos infantiles clásicos, ejerció de terapeuta y conversó con todos por separado en un vis-à-vis. Posteriormente, recopiló todo el material extraído y escribió su obra: Arquetipos e Inconsciente colectivo, libro que para el Lobo ya estaba escrito.