Existencialismo inmortal

“Hubieras gozado más de la vida despreocupándote de la eternidad, pero ya es demasiado tarde.” 

Ingmar Bergman, El séptimo sello.

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-Desde un comienzo estuviste en desventaja, ¿por qué no desististe?-Porque no quería darte una victoria fácil.
-Soy un oponente que, tarde o temprano, te ganará.
-Lo sé.
-Nadie puede vencerme.
-¿Ni siquiera la muerte?
-Yo soy la muerte.
-Entonces, si desde un comienzo estuve en desventaja, ¿por qué no desististe?
-Porque no quería darte una victoria fácil.
-Soy un oponente que, tarde o temprano, perderá.
-Lo sé.
-Nadie puede vencerte.
-¿Ni siquiera la muerte?
-Tú eres la muerte.
-¿Lo soy?

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De un mundo a otro

2016-05-19_11-38-07

La escritora tomó sus apuntes, encendió el computador y comenzó a escribir.

“No lo sé, ya mis momentos de cordura agonizan, mis sentidos me abandonan, mis latidos se retrasan y acá, tumbado en el piso, herido y sediento como un perro, ante la abrumadora soledad de mi inminente naturaleza, la muerte, ansiosa por mecerme en su regazo, me extiende sus brazos, cual dulce caricia maternal y ya no dudo, aunque no lo sé, ni nunca lo sabré”.

-¿Te gustó Nora?

-Sinceramente, no entendí nada; además, eso de que la cordura agoniza me parece una frase cliché para explicar que se esta volviendo loco, y eso de los sentidos y los latidos abandonan y retrasan son rima consonante, lo que lo hace predecible y casi irrisorio, como si dijeras la princesa comió una fresa o el ratón roe cartón mientras canta una canción; con respecto a la abrumadora soledad, inminente naturaleza y dulce caricia, es rebuscado y cursi; por lo demás, toda caricia implica cierto grado de dulzura, por lo tanto, además eres redundante y ese aire atormentado y dudoso, que recurre a la muerte como solución, en lugar de vivir para replantearse su existencia e intentar enmendar sus errores, superarse y luchar por encontrar las respuestas o los motivos que tanto lo acongojan, que considero sería lo más sabio, prudente y sensato de tu parte, hacen que tu texto no solo no me guste, sino que, además, me desilusione debido a las altas expectativas que he depositado en tu incipiente estilo narrativo. En cuanto al perro herido y sediento, prefiero ni siquiera hacer un comentario concreto, tú ya sabes que amo a los animales tanto como tú y apelar a los sentimientos de quien te lee, en este caso yo, mediante una descripción así, es un recurso morboso y desesperado que denota inseguridad y autocompasión, para eso bastaba con que escribieras: “Estoy tan sola, nadie me comprende”, en lugar de tantas tonterías sin sentido; vaya texto, Sara; vaya texto.

-Tienes razón, pensaba enviarlo a un concurso literario, pero es pésimo.

-Yo también tengo contemplado concursar, Sara.

-Genial, ¿qué escribiste?

-Lo memoricé, escucha:

“Dudo, mi locura es inminente, como aquel anciano que vaga por las calles mirando al vacío o al todo, no lo sé, ríe sin sentido, mientras, a lo lejos, alguien tararea indiferente una canción… dudo, sufro y jamás dejaré de dudar, ni de sufrir, pues mi alma sangra de dolor, anhelando el refugio del sueño eterno”.

-No repetiré tu discurso, aunque se aplica a ti perfectamente; solo te diré, vaya texto Nora; vaya texto.

-Es pésimo, lo sé, pero al menos lo intentamos.

-Tú lo has dicho: al menos lo intentamos.

-Entonces, ¿dejaremos de escribir?

-Sí Nora, nuestras historias llegaron a su fin.

-Hasta siempre Sara.

-Adiós Nora, jamás te olvidaré.

-Basta de despedidas dramáticas, séquense esas lágrimas y escúchenme.

-¿Quién rayos eres tú?

-Soy la persona que las escribe.

-Lo sabía Nora, ¿recuerdas que te la mencioné?

-Con que ella es. Vaya desilusión, me la imaginaba más alta.

-Niñas, si acabo de entrar en su mundo, es porque las quiero demasiado como para dejar que se rindan y decidan separarse para ponerle fin a algo que ambas aman hacer. Reconozco que sus textos dejan mucho que desear y que poseen una gran capacidad de autocrítica, pero no sean tan lapidarias, tienen solo 11 años y deben aprender que un mal intento no es un final, sino el comienzo de un nuevo intento.

-Tienes razón, ambas debemos seguir intentándolo; sin embargo, existe un detalle que no comprendo: ¿Si tú nos escribes a Sara y a mí, quién nos está escribiéndo ahora?

-Es cierto, no puedes ser tú, es imposible que estes en dos lugares al mismo tiempo, por lo demás, ¿quién escribe tu vida y el mundo al que perteneces?

 

La escritora apagó el computador, se puso de pie y se acercó a la ventana. Una vez más se había dormido mientras escribía. Contempló el cielo y notó que se avecinaba una tormenta, pero no se entristeció como otras veces, pues sabía que después saldría el sol y se formaría un arcoíris. Así es -pensó-: Alguien escribe mi vida al igual que escribe a la tormenta, pero como Nora y Sara, mi forma de leer, mis intentos y mis decisiones, solamente dependen de mí.

 

( Dedicado a mi querida hija Florencia, cuya personalidad jamás dejará de sorprenderme).