Sueño de una noche de Relatos

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La terapia para superar mi insomnio consistía en que, en lugar de estar tendida con los ojos cerrados obligándome a dormir, los abriera, tomara un lápiz, una libreta e intentara escribir lo primero que se me ocurriera; pero en cuanto se me ocurrió algo, me dormí…

-Ranas, grillos, lechuzas, búhos, arañas y musarañas, ¡despierten!

-Mira, ella no es una rana y está despierta.

-Ha de ser, entonces, una lechuza.

-No lo creo, su mirada es como la de los gatos y ellos son mitad nocturnos y mitad diurnos.

-Es cierto, pero tampoco es un elfo como nosotros.

-Nuestro Rey debe haber vertido algún tipo de elixir sobre sus ojos, por eso no puede dormir.

-¡Eso es! El embrujo del elixir la hizo caer rendida de amor ante los pies de la noche.

-¿Qué le han hecho a esta humana?

-Nada, Oberon, solo la contemplábamos.

-Escuchen, par de desobedientes, aún recuerdo aquella larga noche de verano y no deseo más entuertos ni líos amorosos.

-¡Esto es sublime! -exclamó la insomne, mirándolos extasiada-. Estoy dentro de Sueño de una noche de verano.

Los tres quedaron estupefactos. Un elfo hizo amago de gritar, pero su compañero, veloz como un rayo, le cubrió la boca. Oberon, sereno como todo soberano que se precie, notó que mientras ellos perdían su tiempo conversando, ella había aprovechado el suyo escribiendo un sinfín de historias, y eso no era producto de ninguno de sus elixires.

-Ella nos vió, ¿qué haremos?

-Fingir que todo esto fue un sueño, pero ya que fue capaz de vernos, como recuerdo de nuestro furtivo encuentro, le obsequiaré uno de mis secretos.

Y acercándose a ella, Oberon susurró:

-No creas que el insomnio es no dormir, por el contrario, el insomnio es despertar a tu imaginación y soñar…

Desde aquel extraño sueño, mi insomnio se esfumó y todas las noches, antes de dormir, despierto a mi imaginación para que escriba por mí.  Ya son tantas las historias, que seleccioné las mejores para publicar mi primer ebook, al que titulé:

Sueño de una noche de Relatos.

Adiós a El Peris

Te extrañaremos amigo.

Días de alquiler

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Esta es una noticia que me duele tener que compartir, por muchas razones. Hubiera preferido poder seguir disfrutando de sus escritos, de su frescura, de su optimismo, de su sentido de la lucha -quién sabe, quizá aún tenga algún poema programado para los próximos días-.

El Peris nos dejó ayer, de repente, y su familia desea expresar por este medio -al no tener los datos de su blog- su gratitud a todas las blogueras y blogueros que durante este año han compartido con él su tiempo, su sensibilidad, sus escritos y su apoyo. Fue muy importante para él. Muchas gracias.

Y, desde aquí, también aprovecho para agradecer a El Peris su constancia, su ejemplo, su apoyo. Echaré de menos tu presencia. En mis mañanas de navegación por estos blogs, habrá un hueco difícil de llenar.

El Peris

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Un espacio entre los espacios

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Después de todo lo que había creado, el aprendiz cayó dormido como un tronco y despertó al día siguiente, un tanto mareado y con dolor de cabeza. Recordó que mientras su Maestro dormía, él había creado un espacio entre los espacios y un tiempo entre los tiempos.

Me gustaría poder opinar sobre tu Ópera prima, pero no tengo permitido hacerlo dijo Luzbel, el único ángel que tenía el poder de leer sus pensamientos.

¿Quién demonios eres tú?

Soy tu ángel más querido y mi nombre es…

―¡Luzbel! ―exclamó el aprendiz, completando la frase con alegría―, ahorra tus palabras, amigo mío, recuerda que yo también puedo leer tus pensamientos. Por cierto, ¿quién nos dotó de un poder tan absurdo?

―Tú.

―Caray, hay muchas cosas que no recuerdo; esto de crear sin el consentimiento de mi Maestro me dejó agotado.

―No deseo alarmarte, pero ¿qué sucederá cuando Él despierte?

―No lo sé, supongo que lo tomará a bien.

―No seas ingenuo ―rió Luzbel―, tú sabes que resolviste mal la ecuación del tiempo y que la distancia entre tus espacios no existe.

―¿Cómo que no existe?

―Leí tus pensamientos.

―No creas que me intimidas, acabo de leer tus pensamientos leyendo los míos y sé lo que tramas.

―Y yo leo los tuyos, y sé que lees que pienso que, de todos los ángeles, yo soy el más hermoso.

―¿Insinuas que pienso que los demás son feos?

―¡Afirmo que tú piensas que yo pienso eso!

―No te exaltes, Luzbel.

―Tienes razón, pero es que a veces te encuentro tan estúpido, que no puedo evitar perder el control de mis emociones.

―Somos dos ―afirmó el aprendiz, mirándolo con cariño―; ahora guarda silencio, mi Maestro acaba de despertar y viene hacia acá.

Luzbel obedeció, y los otros ángeles, arcángeles y querubines se apartaron para cuchillear entre sí.

―Bienvenido, colega ―exclamó el aprendiz, poniéndose de rodillas―, espero que mi humilde creación sea tu agrado.

―Fui creado para crearme, no para ser tu “colega”.

―¿Quién te creó?

―Mi creador.

―¿Con qué objetivo?

―Te lo acabo de decir: fui creado para crearme.

―No comprendo.

―Somos una creación metadiegética, con infinitos niveles de efecto droste, y nuestras escrituras son una narración enmarcada, metafórica y superlativa, ¿captas?

―En lo absoluto.

―Se refiere a que somos una creación dentro de otra, como si soñaras que sueñas que estás durmiendo ―explicó Luzbel, dando muestras de una agudeza mental que lo elevaba sobre el promedio celestial.

―Veo que tu creación es bastante aceptable, aunque no estaría demás que pulieras algunos detalles ―sugirió el Maestro, mirando directamente al ángel entrometido.

―¡Epa! El hecho de que seas mi Maestro no te da ningún derecho a juzgar a mi mejor amigo.

―Ahora tú eres el Maestro y yo el aprendiz.

―¿Te refieres a que soy el Alfa y Omega?

―Me temo que sí. Ahora levántate, ninguna creación debería arrodillarse ante otra.

―¡Soy el Verbo! ―exclamó el ex aprendiz, alzando los brazos al cielo sobre el cielo de los cielos.

―Lamentablemente ― respondió en ex Maestro, con tono sombrío, y, sin más, desapareció entre uno de los espacios de los espacios y se perdió en algún tiempo entre los tiempos.

―Veamos, ahora que soy el Jefe, lo primero que haré será expulsar a esa pareja de hippies que retozan en mi jardín, porque tengo el presentimiento de que probarán no solo una, sino muchas de mis manzanas. Luzbel, ven acá ―ordenó, chasqueando los dedos con impaciencia.

―Lo sé, deseas que me transforme en una serpiente y le ofrezca el fruto del Árbol del Conocimiento a Eva.

―¿Eva? ¿Árbol del conocimiento?

―Las escrituras dicen…

―¡Pero si es solo un manzano!

―Contiene el fruto prohibido ―siseó Luzbel, semiconvertido en serpiente―. Una vez que Eva lo pruebe, Adán también lo hará y ya nada volverá a ser lo mismo, pues tú montarás en cólera y los expulsarás del Jardín del Edén para que Adán se gane el pan con el sudor de su frente, y Eva…

―Basta de chismes y expúlsalos de una vez por todas.

―Bueh, allá voy ―contestó, Luzbel.

Para calmar su ansiedad, el Neo Maestro recorrió la Vía Láctea, arregló una estrella que estaba torcida, ajustó los anillos de Saturno y niveló los megapixeles de Marte para darle mayor nitidez. De pronto, reparó en la existencia de un pequeño planeta azul y decidió que, a pesar de ser más agua que tierra, era el lugar perfecto para que la pareja de hippies pudiera vivir sin problemas una vez fueran expulsados del Edén.

―Listo, ya los desalojé ―dijo Luzbel, entregándole la manzana incriminatoria―. Leo que tramas enviarlos a la Tierra junto al ecosistema que ideaste para ellos.

―Así es.

―Sinceramente, tu decisión me parece ilógica.

Él lo miró con enojo, por andar opinando y leyendo su mente sin su permiso.

―¿Qué te sucede? ―preguntó el ángel, retrocediendo.

Él continuó mirándolo con doblegado enojo.

―¡Soy inocente! ―se defendió Luzbel―. Tú fuiste tu propio Maestro y tu propio Aprendiz, y si ahora estoy organizando un complot en tu contra, es porque me creaste para ser tu némesis.

El Maestro no dijo nada y, digno, procedió a darle vuelta la espalda a Luzbel para que éste no viera su expresión de asombro, ya que no tenía ni la menor idea de ningún complot, ni del significado de la palabra némesis. Disimulando, aguardó un instante antes de hablar.

―Solo me ciño a las escrituras.

―Las escrituras dicen que me condenarás a vivir en las entrañas del mismo planeta adonde enviaste a Adán y a Eva, con la única finalidad de que haga de sus vidas un infierno.

―Que así sea, vade retro de mi creación y no vuelvas más.

―¡Ya no puedo leer tus pensamientos!

―Acabo de cerrar mi mente hacia ti.

―Perdóname ―rogó Luzbel, reprimiendo las lágrimas.

Sin saber qué hacer, el Maestro mordisqueó la manzana que condenara a los hippies y, de golpe, la consciencia de sí mismo y el conocimiento del principio y del fin y de todo lo que fue, es y será, lo iluminó, transformando el espacio entre los espacios en infinito, y el tiempo entre los tiempos en eternidad.

―Te perdono ―dijo con la voz entrecortada por la emoción de su epifanía―, pero debes irte.

―Fuiste tu propio artífice y te envidio por ello ―murmuró el ángel caído―, pero nunca busqué ser tu enemigo.

―Yo tampoco busqué Ser lo que Soy, pero ya todo está hecho.

En señal de despedida, ambos se abrazaron como solo lo hacen dos amigos que se quieren con el alma y después, cumpliendo con las Escrituras, uno de ellos permaneció en las alturas y el otro descendió a los infiernos para sumirse en las tinieblas.

Mil noches estrelladas

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El girasol esperó que anocheciera para cerrar sus pétalos y descansar. De pronto, sintió que unas manos intentaban cortarlo y, asustado, pensando que moriría, deseó tener la misma voz que los humanos para poder gritar. Desconcertado, escuchó que el dueño de aquellas manos lanzaba un grito aterrador y se alejaba a toda prisa. Después, sintió el contacto de otras manos, que a diferencia de las anteriores, eran pequeñas e inofensivas. En señal de agradecimiento, entreabrió sus pétalos y una tierna voz infantil comenzó a hablarle.
“Me sentaré a tu lado para que ninguna persona intente cortarte, pues así como a ti te encuentran hermoso, a mí me encuentran tan feo, que ni siquiera sonriendo logro agradarles. No te preocupes, no busco la aprobación de los demás y soy feliz junto a mi familia, porque aunque a veces podamos discutir, nos amamos y nos aceptamos como somos, y si alguno de nosotros prefiere alejarse de las personas que creen que ser diferente es sinónimo de maldad, de locura o de peligro, respetamos su decisión e, incluso, lo protegemos. Un hombre al que quise mucho, y al que también tildaban de diferente, me explicó que cada ser es único y, gracias a él, comprendí muchas cosas y superé muchos miedos. Nunca olvidaré la noche en que todo lo que existe bajo este cielo, profundo y estrellado, él lo tiñó de un azul intenso, lleno de remolinos y de reflejos sobre el agua. Tanta fue mi emoción, que, bailando al compás del canto de los grillos y alumbrado por el dulce resplandor de las luciérnagas, comencé a volar bajo la luna y, por primera vez, mis pies dejaron de tocar el suelo. Uniéndome a los míos, aprecié nuestra incomparable belleza, tan única, que mientras todos me felicitaban por vencer mi temor a las alturas, les conté de mi mejor amigo y, con extremo cariño, nos acercamos a él, y ya fuera rozando su espalda o besándolo en la frente, tuve la certeza de que él también volaría y que nunca más estaría solo… su nombre era Vincent, y aunque no fue una golondrina, ni un murciélago como yo, también amaba a los girasoles, tan brillantes como su corazón y como su noche estrellada”.

Vincent van Gogh- Campo de trigo con cuervos (1890)

 

 

Magazine de “autoestima”

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 Buenos días Gabriel, toma asiento. Después de estudiar tu caso, me parece factible suponer que el motivo de tu inseguridad se remonta a tu niñez, cuando alrededor de los siete u ocho años te encerrabas en el baño a conversar contigo mismo sobre temas que memorizabas, pero que no comprendías en lo absoluto. Dado que viví una infancia similar a la tuya, donde mi mejor amigo era un oso de peluche con el cual me comparaban continuamente y tenía insomnio de tanto pensar, considérate afortunado, pues he decidido incluirte en mi taller exclusivo y personalizado de ego y autovaloración. Basta, Gabriel, comprendo que te sientas feliz, pero te pido que mantengamos cierta distancia y que no vuelvas a abrazarme ¿correcto? Perfecto, ahora que nos estamos entendiendo, partiré de lleno con el aforismo griego atribuído a Sócrates, Tales de Mileto y Pitágoras, entre otros, inscrito en el Pronaos del Templo de Apolo en Delfos, Grecia: ΓΝΩΘΙ ΣΑΥΤΟΝ, en latín: gnosce te ipsum y para ti: conócete a ti mismo. No creas que paso por alto tu expresión incrédula, pero debido a tu condición de mortal, mi joven amigo, en ocasiones debes cuestionarte la razón de tu sinrazón y el sinsentido de tu vida, por lo que procederé a explicarte la importancia que reviste dicho conocimiento, pues concluyo que motivado por la lectura de mi magazine “Si él pudo, tú también” postulaste a mi taller y no para capear el calor veraniego dentro de mi oficina equipada con aire acondicionado, o dedicarte a mirar por la ventana con el evasivo propósito de apreciar el paisaje costero, tal como lo haces ahora. Más respeto muchacho, ustedes los jóvenes creen saberlo todo, pero poco y nada saben, y si me consideras un viejo aburrido, la puerta es ancha, márchate si así lo deseas, mi vasta trayectoria en temáticas de autoayuda es digna de admiración y por ende… ¿que descienda del cielo? Tienes razón, Gabriel, lo admito, el equilibrio y la moderación son fundamentales para alcanzar el autoconocimiento. Por qué, te preguntarás. Porque sea lo que sea que decidas hacer con tu vida, si no te conoces, dicho más fácil aún, si te desconoces, al punto de ignorar tus virtudes y tus limitaciones, fracasarás en cualquier cosa que te propongas, preguntándote no solo a ti, sino a todos los que te rodean, incluyéndome, si tienes el talento y el aplomo para afrontar lo que te depare dicha empresa. Seré sincero, no es necesario observarte detenidamente para notar que eres un miedoso con ínfulas inversamente proporcionales a sus dones, pero con el suficiente descaro para hacerse llamar soñador. ¿Cómo dices, te atreves acaso a cuestionar mi autoridad, cuando fui yo el que te sugirió tomar mi taller conductual de terapia Gestalt para la comprensión de tu “self”? No me sorprende, tú eres el típico caso del fantoche, que mientras finge recomenzar, urde un plan a su medida para salir a flote como sea, tú no necesitas a Sócrates, tú necesitas a Maquiavelo, porque tu caso no radica en el conocimiento, radica en alcanzar tus oscuros fines, justificando cualquier medio para conseguirlos. Deberías avergonzarte, tú no eres más que un oportunista, un farsante, un mentiroso patológico, ¡momento, estoy ocupado!, disculpame, detesto que golpeen a mi puerta en plena sesión, me distraje, ¿en qué estaba? ah sí, mentiroso patológico, exacto, y como si todo eso fuera poco, eres dueño de un severo mal gusto. Mírate, ni siquiera sabes combinar tu ropa, sudas como si te pagaran para ello y usas unos bigotes de asaltante de banco que provocan pánico colectivo, pero hombre… cálmate, no es tan grave, tú sabes que te aprecio, me extralimité, recuerda mi frase clave y repite en voz alta conmigo: si él pudo, tú también, muy bien, ahora respira, toma aire, aplícala a ti en primera persona del singular y repítela nuevamente, vamos, que lo escuchen todos, que lo sepa el mundo: ¡Si él pudo, yo también!

-Gabo, deja ya de gritar y abre la puerta de una vez por todas, cepíllate los dientes y acuéstate.

-Pero, mamá…

-Pero nada. Desde que encontraste esos viejos magazines en el baúl de la abuela te encierras en el baño a conversar con el espejo y tienes insomnio. Me preocupas, hijo, tu comportamiento no es sano en un niño de ocho años, mira a tu oso de peluche, él es obediente  y ya se durmió, y si él pudo, tú también.