El sepulturero

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Mientras me sepulta, siento sus ojos clavados en mí, como si fuesen un par de estacas ansiosas por atravesar mi corazón y una vez más, debo soportar que me imponga el lastre de su indiferencia y que mi suplicio sea el motivo de su victoria. Maldito sepulturero, hasta el témpano más frío es cálido comparado con él y hasta el peñasco más duro, es suave y comprensivo, sepan que es más fácil trabar conversación con una piedra que con él, siempre mudo, siempre parco, que aunque me concediera el favor de dormir para perderme en mis sueños, recorrer ciudades, caminar sobre las nubes, volar, reír, subir a la cima de una montaña o incluso bajar al mismísimo infierno, no dejaría de quitarme los ojos de encima, que siempre fueron tras de mí, calculando mis pasos para borrar mis huellas, silencioso y oscuro como una sombra y urdiendo cavar la fosa en la que logró enterrarme. Ya mi suerte está echada, pero si por el segmento de un segundo, él me mirara con ternura y me hablara, tal vez, hasta besaría sus manos para agradecérselo, pero como eso no sucederá, mi consuelo es que cada día, es un día menos para dejar de ser una muerta en vida y mientras él lanza el último puñado de tierra, clavo mis ojos en él como una estaca, ansiosa por atravesar su corazón y luego, sin dejar rastros de mi vida, él, mi maldito sepulturero, que nació para ser mi triste destino, inmutable, deja de sostener su pala, escupe sobre mi tumba y sonríe.

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Lucas

 

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Clotho comenzó a dar hilo blanco desde su rueca, hasta su huso. Láquesis lo tomó, lo midió con una vara y lo tejió rápidamente, con una hebra dorada y una negra. Átropos alzó sus tijeras…

Después de una larga espera, mi hermano menor había nacido. Se llamaba Lucas, que significa “luminoso” y era un bebé risueño y adorable, al que amaba con toda la intensidad de mis siete años y feliz, lo cargaba entre mis brazos, para hacerle cosquillas y verlo reír y lo arrullaba, para verlo dormir. Como mis padres habían instalado su cuna en mi habitación, junto a mi cama, muchas veces los oía hablar sobre mí, afirmando cuan grande sería mi amor por él y aunque sus palabras me enorgullecían y estaba segura de que esta vez no los defraudaría, optaba por guardar silencio. Sin embargo, comencé a sentirme muy sola, pues a medida que ellos me olvidaban, mis viejas pesadillas regresaban. Nuevamente, noche tras noche, soñaba que era una marioneta pendiendo de un hilo y con una mujer, de rostro severo, que enarbolando una filosa tijera, lo cortaba, haciéndome caer a un vacío interminable. Era un tormento nocturno, del cual despertaba gritando y rodeada de mariposas nocturnas, las que espantaba a manotazos, desesperada, pero nadie acudía en mi ayuda, excepto Lucas, que me tendía sus brazos, como si quisiera consolarme. Una mañana, logré abatir a una, que inerte, cayó a mis pies. Noté que Lucas la observaba asustado y para calmarlo, la recogí del suelo, pero la solté de inmediato, impresionada por la imagen que ostentaba en su dorso, idéntica a la de una calavera. Finalmente, había descubierto quién era ella y estaba dispuesta a enfrentarla. Aquella noche, fingí estar dormida, cuando mis padres, después de arropar a Lucas, se despidieron, cerraron la puerta y apagaron la luz. De pronto, la temperatura bajó, empañando los vidrios, volviendo mi aliento en volutas de aire y temblando, preocupada por mi pequeño hermano, escuché unos pasos y la puerta se abrió con una lentitud enervante. Reprimí un alarido, cuando ví a la mujer de mis pesadillas, a los pies de mi cama, sosteniendo sus tijeras y observándome.

-Sé quién eres -susurré-. Te llamas Átropos, como la mariposa de la calavera y eres la muerte.

-Lo soy y esta vez, he venido por él -dijo con indiferencia, señalando a Lucas-. Las hebras de Láquesis, con las que tejió su vida, han llegado a su fin y he decidido cortarlas.

-¡No! -grité-. Soy su hermana, él es mío, no tuyo.

-No eres dueña de él, ni de su destino.

De un salto, me abalancé contra ella, le arrebaté sus tijeras y la amenacé con ellas.

-Entrégamelas -ordenó-. Nadie puede matar a la muerte.

-Desconcertada, contemplé a Lucas, que dormía como un ángel. Pensé en mis padres, en mi vida de tan solo 7 años, siempre sola… y supe lo que tenía que hacer.

-Escucha -imploré-, te ofrezco mis hebras a cambio de las de él.

-Aunque tu paso será fugaz, no te librarás de conocer el Averno.

-No me importa –murmuré. Le devolví sus tijeras y cerré los ojos.

Escuché un sonido metálico y supe que Átropos había cortado el hilo de mi vida.

-Abre los ojos y observa.

Lo hice y ya no estábamos en la habitación, sino en un lugar en penumbras, frente a un río de aguas turbias, en donde me esperaba un barco de madera.

-Antes de partir -dije con firmeza-, dado que decidí intercambiar mi vida por la de mi hermano, muéstramelo cómo se verá en el futuro y me iré en paz.

Ella asintió.

Y ví a Lucas corriendo, vestido con una jardinera de mezclilla, con su cabello ondulado desordenado de tanto jugar, sonriendo feliz y con sus ojos verdes brillando por el sol. Al verme, se detuvo, dejó de sonreír, me miró como si me recordara y se acercó, para entregarme una pequeña caja de madera, finamente tallada.

-Intenta que ella no la vea -susurró-, la hice pensando en ti, te la regalo.

La acepté, incapaz de hablar y deseando abrazarlo.

-Regresemos, Caronte aguarda por ti.

-Gracias, Átropos.

-Solo debes agradecerme este momento -replicó-. Clotho dio tus hebras, Láquesis las tejió y yo las corté al séptimo día de tu nacimiento.

-¿Qué dices?

-Me pediste cortar tus hebras, ya rotas, a cambio de las de tu hermano y corté las de tu imaginación, que eran las únicas que poseías.

-No, eso no es verdad…

-Muchos de ustedes nacen y mueren enseguida, pero no lo saben, pues como tú, se aferran al mundo, para imaginar que están vivos.

-¿Estás diciéndome que solo viví siete días y que imaginé durante siete años?

-Así es.

-Entonces, ¿quién fui?

-Tú.

Pensé en el aire, no lo ví, ni lo toqué nunca, sin embargo existe. Muchas piezas perdidas encajaron y comprendí el porqué.

-Soy Átropos, con mis hermanas regimos el destino y sin importar el tipo, ni la categoría del hilo, soy yo, la única encargada de cortarlo. Todos ustedes son olvidables.

-No me interesa tu nombre, tú eres la muerte y no todas las vidas son olvidables… ¿cortarías acaso los hilos de tus hermanas, lo harías o las salvarías? -pregunté-. Pero ella no me respondió.

Sumisa, con la certeza de haber hecho lo correcto, descendí al Averno junto a ella y, sin temor, obedecí cuando me ordenó subir a la barca, apretando en mi mano la pequeña caja de madera, sin importarme si era o no real, pues si toda mi existencia había sido imaginada, tal vez bastara con cerrar los ojos y entregarme al más hermoso de los sueños; no obstante, el contenido de la caja me intrigaba y comencé a abrirla…

 

Clotho comenzó a dar hilo blanco desde su rueca, hasta su huso.

 

Lentamente extraje una pequeña malla con destellos de oro.

 

Láquesis lo tomó, lo midió con una vara y lo tejió rápidamente, con una hebra dorada y una negra.

 

Examiné el tejido y noté un hilo grueso, de color negro.

 

Átropos alzó sus tijeras…

 

¡Lo matará! -exclamé, y me lancé de la barca, intentando nadar, pero los cadáveres chocaban contra mí, hundiéndome, obligándome a tragar de las turbias aguas del Aqueronte que, sofocándome, me impedían salir a flote para tomar aire y cada vez que lo lograba, otros cuerpos podridos me estrellaban, enredándose mi cabello en las cuencas vacías de una calavera y un sinfín de huesos me golpeaban para hundirme nuevamente, mientras escuchaba las risas de las Moiras, solazándose con mi suplicio.

-No tengo permitido modificar el destino, niña sabelotodo -exclamó Átropos.

Luchando por no sumergirme, intenté suplicar.

Pero la anciana tomó sus tijeras y, observándome fijo, cortó la última hebra de Lucas.

Todo fue oscuridad y silencio.

-Despierta, ella no cortó las hebras de mi vida, sino unas que yo imaginé y que alcancé a guardar dentro de la caja la misma noche de luna llena, cuando fue por mí… siempre supe que solo yo podía verte, tú me salvaste, porque me enseñaste a imaginar.

Abrí los ojos y ví a mi pequeño hermano sonriéndome, con su cabello ondulado desordenado por el viento, sus ojos verdes brillando por el sol, vestido con una jardinera de mezclilla y feliz de tanto jugar. La muerte había perdido, pues ninguna vida capaz de amar y ser amada es olvidada, y abracé a Lucas con todas mis fuerzas, lo besé mil veces, le hice cosquillas para hacerlo reír, pero esta vez no lo arrullé para verlo dormir, pues a la cuenta de tres, abrimos la pequeña caja y, tomados de la mano, entramos a ella, despertando a las más bella de las existencias, para no dormir ni separarnos jamás.