Lucas

 

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Clotho comenzó a dar hilo blanco desde su rueca, hasta su huso. Láquesis lo tomó, lo midió con una vara y lo tejió rápidamente, con una hebra dorada y una negra. Átropos alzó sus tijeras…

Después de una larga espera, mi hermano menor había nacido. Se llamaba Lucas, que significa “luminoso” y era un bebé risueño y adorable, al que amaba con toda la intensidad de mis siete años y feliz, lo cargaba entre mis brazos, para hacerle cosquillas y verlo reír y lo arrullaba, para verlo dormir. Como mis padres habían instalado su cuna en mi habitación, junto a mi cama, muchas veces los oía hablar sobre mí, afirmando cuan grande sería mi amor por él y aunque sus palabras me enorgullecían y estaba segura de que esta vez no los defraudaría, optaba por guardar silencio. Sin embargo, comencé a sentirme muy sola, pues a medida que ellos me olvidaban, mis viejas pesadillas regresaban. Nuevamente, noche tras noche, soñaba que era una marioneta pendiendo de un hilo y con una mujer, de rostro severo, que enarbolando una filosa tijera, lo cortaba, haciéndome caer a un vacío interminable. Era un tormento nocturno, del cual despertaba gritando y rodeada de mariposas nocturnas, las que espantaba a manotazos, desesperada, pero nadie acudía en mi ayuda, excepto Lucas, que me tendía sus brazos, como si quisiera consolarme. Una mañana, logré abatir a una, que inerte, cayó a mis pies. Noté que Lucas la observaba asustado y para calmarlo, la recogí del suelo, pero la solté de inmediato, impresionada por la imagen que ostentaba en su dorso, idéntica a la de una calavera. Finalmente, había descubierto quién era ella y estaba dispuesta a enfrentarla. Aquella noche, fingí estar dormida, cuando mis padres, después de arropar a Lucas, se despidieron, cerraron la puerta y apagaron la luz. De pronto, la temperatura bajó, empañando los vidrios, volviendo mi aliento en volutas de aire y temblando, preocupada por mi pequeño hermano, escuché unos pasos y la puerta se abrió con una lentitud enervante. Reprimí un alarido, cuando ví a la mujer de mis pesadillas, a los pies de mi cama, sosteniendo sus tijeras y observándome.

-Sé quién eres -susurré-. Te llamas Átropos, como la mariposa de la calavera y eres la muerte.

-Lo soy y esta vez, he venido por él -dijo con indiferencia, señalando a Lucas-. Las hebras de Láquesis, con las que tejió su vida, han llegado a su fin y he decidido cortarlas.

-¡No! -grité-. Soy su hermana, él es mío, no tuyo.

-No eres dueña de él, ni de su destino.

De un salto, me abalancé contra ella, le arrebaté sus tijeras y la amenacé con ellas.

-Entrégamelas -ordenó-. Nadie puede matar a la muerte.

-Desconcertada, contemplé a Lucas, que dormía como un ángel. Pensé en mis padres, en mi vida de tan solo 7 años, siempre sola… y supe lo que tenía que hacer.

-Escucha -imploré-, te ofrezco mis hebras a cambio de las de él.

-Aunque tu paso será fugaz, no te librarás de conocer el Averno.

-No me importa –murmuré. Le devolví sus tijeras y cerré los ojos.

Escuché un sonido metálico y supe que Átropos había cortado el hilo de mi vida.

-Abre los ojos y observa.

Lo hice y ya no estábamos en la habitación, sino en un lugar en penumbras, frente a un río de aguas turbias, en donde me esperaba un barco de madera.

-Antes de partir -dije con firmeza-, dado que decidí intercambiar mi vida por la de mi hermano, muéstramelo cómo se verá en el futuro y me iré en paz.

Ella asintió.

Y ví a Lucas corriendo, vestido con una jardinera de mezclilla, con su cabello ondulado desordenado de tanto jugar, sonriendo feliz y con sus ojos verdes brillando por el sol. Al verme, se detuvo, dejó de sonreír, me miró como si me recordara y se acercó, para entregarme una pequeña caja de madera, finamente tallada.

-Intenta que ella no la vea -susurró-, la hice pensando en ti, te la regalo.

La acepté, incapaz de hablar y deseando abrazarlo.

-Regresemos, Caronte aguarda por ti.

-Gracias, Átropos.

-Solo debes agradecerme este momento -replicó-. Clotho dio tus hebras, Láquesis las tejió y yo las corté al séptimo día de tu nacimiento.

-¿Qué dices?

-Me pediste cortar tus hebras, ya rotas, a cambio de las de tu hermano y corté las de tu imaginación, que eran las únicas que poseías.

-No, eso no es verdad…

-Muchos de ustedes nacen y mueren enseguida, pero no lo saben, pues como tú, se aferran al mundo, para imaginar que están vivos.

-¿Estás diciéndome que solo viví siete días y que imaginé durante siete años?

-Así es.

-Entonces, ¿quién fui?

-Tú.

Pensé en el aire, no lo ví, ni lo toqué nunca, sin embargo existe. Muchas piezas perdidas encajaron y comprendí el porqué.

-Soy Átropos, con mis hermanas regimos el destino y sin importar el tipo, ni la categoría del hilo, soy yo, la única encargada de cortarlo. Todos ustedes son olvidables.

-No me interesa tu nombre, tú eres la muerte y no todas las vidas son olvidables… ¿cortarías acaso los hilos de tus hermanas, lo harías o las salvarías? -pregunté-. Pero ella no me respondió.

Sumisa, con la certeza de haber hecho lo correcto, descendí al Averno junto a ella y, sin temor, obedecí cuando me ordenó subir a la barca, apretando en mi mano la pequeña caja de madera, sin importarme si era o no real, pues si toda mi existencia había sido imaginada, tal vez bastara con cerrar los ojos y entregarme al más hermoso de los sueños; no obstante, el contenido de la caja me intrigaba y comencé a abrirla…

 

Clotho comenzó a dar hilo blanco desde su rueca, hasta su huso.

 

Lentamente extraje una pequeña malla con destellos de oro.

 

Láquesis lo tomó, lo midió con una vara y lo tejió rápidamente, con una hebra dorada y una negra.

 

Examiné el tejido y noté un hilo grueso, de color negro.

 

Átropos alzó sus tijeras…

 

¡Lo matará! -exclamé, y me lancé de la barca, intentando nadar, pero los cadáveres chocaban contra mí, hundiéndome, obligándome a tragar de las turbias aguas del Aqueronte que, sofocándome, me impedían salir a flote para tomar aire y cada vez que lo lograba, otros cuerpos podridos me estrellaban, enredándose mi cabello en las cuencas vacías de una calavera y un sinfín de huesos me golpeaban para hundirme nuevamente, mientras escuchaba las risas de las Moiras, solazándose con mi suplicio.

-No tengo permitido modificar el destino, niña sabelotodo -exclamó Átropos.

Luchando por no sumergirme, intenté suplicar.

Pero la anciana tomó sus tijeras y, observándome fijo, cortó la última hebra de Lucas.

Todo fue oscuridad y silencio.

-Despierta, ella no cortó las hebras de mi vida, sino unas que yo imaginé y que alcancé a guardar dentro de la caja la misma noche de luna llena, cuando fue por mí… siempre supe que solo yo podía verte, tú me salvaste, porque me enseñaste a imaginar.

Abrí los ojos y ví a mi pequeño hermano sonriéndome, con su cabello ondulado desordenado por el viento, sus ojos verdes brillando por el sol, vestido con una jardinera de mezclilla y feliz de tanto jugar. La muerte había perdido, pues ninguna vida capaz de amar y ser amada es olvidada, y abracé a Lucas con todas mis fuerzas, lo besé mil veces, le hice cosquillas para hacerlo reír, pero esta vez no lo arrullé para verlo dormir, pues a la cuenta de tres, abrimos la pequeña caja y, tomados de la mano, entramos a ella, despertando a las más bella de las existencias, para no dormir ni separarnos jamás.

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