El sepulturero

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Mientras me sepulta, siento sus ojos clavados en mí, como si fuesen un par de estacas ansiosas por atravesar mi corazón y una vez más, debo soportar que me imponga el lastre de su indiferencia y que mi suplicio sea el motivo de su victoria. Maldito sepulturero, hasta el témpano más frío es cálido comparado con él y hasta el peñasco más duro, es suave y comprensivo, sepan que es más fácil trabar conversación con una piedra que con él, siempre mudo, siempre parco, que aunque me concediera el favor de dormir para perderme en mis sueños, recorrer ciudades, caminar sobre las nubes, volar, reír, subir a la cima de una montaña o incluso bajar al mismísimo infierno, no dejaría de quitarme los ojos de encima, que siempre fueron tras de mí, calculando mis pasos para borrar mis huellas, silencioso y oscuro como una sombra y urdiendo cavar la fosa en la que logró enterrarme. Ya mi suerte está echada, pero si por el segmento de un segundo, él me mirara con ternura y me hablara, tal vez, hasta besaría sus manos para agradecérselo, pero como eso no sucederá, mi consuelo es que cada día, es un día menos para dejar de ser una muerta en vida y mientras él lanza el último puñado de tierra, clavo mis ojos en él como una estaca, ansiosa por atravesar su corazón y luego, sin dejar rastros de mi vida, él, mi maldito sepulturero, que nació para ser mi triste destino, inmutable, deja de sostener su pala, escupe sobre mi tumba y sonríe.

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