Un Sueño que merece ser soñado…

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Como mi querido Sueño de una noche de Relatos, es un sueño que merece ser soñado muchas veces, dejo con ustedes un pequeño fragmento de, Encuentros, una historia que narra tres importantes citas entre Dios y su némesis y que, por ningún motivo o bajo ninguna circunstancia, daré a conocer su sorprendente desenlace.

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Sueño de una noche de Relatos, está de regreso

Sueño de una noche de Relatos, está de regreso!

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Al igual que los personajes de la afamada comedia de equivocaciones de William Shakespeare, en cuyo título tuve la osadía de inspirarme, mis relatos fueron víctimas de las travesuras y enredos de las criaturas de la noche. Sin embargo, después de muchos ires y venires, mi Sueño de una noche de Relatos está de regreso en gloria y majestad, y con una flamante sorpresa.
Al respecto, solo les diré que se trata de la continuación de Un espacio entre los espacios y, como si mis historias les hablaran a través del pequeño Puck, duende de los bosques, ellas desean decirles:
“Si nosotros, vanas sombras, te hemos ofendido, piensa nada más esto, y todo estará bien: que te has quedado aquí durmiendo mientras han aparecido esas visiones. Y esta débil y humilde fantasía no tendrá sino la inconsistencia de un sueño. Amables espectadores, no nos reprendan; si nos conceden su perdón, nos enmendaremos y procuraremos corregirnos rápidamente. Entonces, dadnos las manos, si es que somos amigos y los recompensaremos como se merecen”.

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Un espacio entre los espacios

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Después de todo lo que había creado, el aprendiz cayó dormido como un tronco y despertó al día siguiente, un tanto mareado y con dolor de cabeza. Recordó que mientras su Maestro dormía, él había creado un espacio entre los espacios y un tiempo entre los tiempos.

Me gustaría poder opinar sobre tu Ópera prima, pero no tengo permitido hacerlo dijo Luzbel, el único ángel que tenía el poder de leer sus pensamientos.

¿Quién demonios eres tú?

Soy tu ángel más querido y mi nombre es…

―¡Luzbel! ―exclamó el aprendiz, completando la frase con alegría―, ahorra tus palabras, amigo mío, recuerda que yo también puedo leer tus pensamientos. Por cierto, ¿quién nos dotó de un poder tan absurdo?

―Tú.

―Caray, hay muchas cosas que no recuerdo; esto de crear sin el consentimiento de mi Maestro me dejó agotado.

―No deseo alarmarte, pero ¿qué sucederá cuando Él despierte?

―No lo sé, supongo que lo tomará a bien.

―No seas ingenuo ―rió Luzbel―, tú sabes que resolviste mal la ecuación del tiempo y que la distancia entre tus espacios no existe.

―¿Cómo que no existe?

―Leí tus pensamientos.

―No creas que me intimidas, acabo de leer tus pensamientos leyendo los míos y sé lo que tramas.

―Y yo leo los tuyos, y sé que lees que pienso que, de todos los ángeles, yo soy el más hermoso.

―¿Insinuas que pienso que los demás son feos?

―¡Afirmo que tú piensas que yo pienso eso!

―No te exaltes, Luzbel.

―Tienes razón, pero es que a veces te encuentro tan estúpido, que no puedo evitar perder el control de mis emociones.

―Somos dos ―afirmó el aprendiz, mirándolo con cariño―; ahora guarda silencio, mi Maestro acaba de despertar y viene hacia acá.

Luzbel obedeció, y los otros ángeles, arcángeles y querubines se apartaron para cuchillear entre sí.

―Bienvenido, colega ―exclamó el aprendiz, poniéndose de rodillas―, espero que mi humilde creación sea tu agrado.

―Fui creado para crearme, no para ser tu “colega”.

―¿Quién te creó?

―Mi creador.

―¿Con qué objetivo?

―Te lo acabo de decir: fui creado para crearme.

―No comprendo.

―Somos una creación metadiegética, con infinitos niveles de efecto droste, y nuestras escrituras son una narración enmarcada, metafórica y superlativa, ¿captas?

―En lo absoluto.

―Se refiere a que somos una creación dentro de otra, como si soñaras que sueñas que estás durmiendo ―explicó Luzbel, dando muestras de una agudeza mental que lo elevaba sobre el promedio celestial.

―Veo que tu creación es bastante aceptable, aunque no estaría demás que pulieras algunos detalles ―sugirió el Maestro, mirando directamente al ángel entrometido.

―¡Epa! El hecho de que seas mi Maestro no te da ningún derecho a juzgar a mi mejor amigo.

―Ahora tú eres el Maestro y yo el aprendiz.

―¿Te refieres a que soy el Alfa y Omega?

―Me temo que sí. Ahora levántate, ninguna creación debería arrodillarse ante otra.

―¡Soy el Verbo! ―exclamó el ex aprendiz, alzando los brazos al cielo sobre el cielo de los cielos.

―Lamentablemente ― respondió en ex Maestro, con tono sombrío, y, sin más, desapareció entre uno de los espacios de los espacios y se perdió en algún tiempo entre los tiempos.

―Veamos, ahora que soy el Jefe, lo primero que haré será expulsar a esa pareja de hippies que retozan en mi jardín, porque tengo el presentimiento de que probarán no solo una, sino muchas de mis manzanas. Luzbel, ven acá ―ordenó, chasqueando los dedos con impaciencia.

―Lo sé, deseas que me transforme en una serpiente y le ofrezca el fruto del Árbol del Conocimiento a Eva.

―¿Eva? ¿Árbol del conocimiento?

―Las escrituras dicen…

―¡Pero si es solo un manzano!

―Contiene el fruto prohibido ―siseó Luzbel, semiconvertido en serpiente―. Una vez que Eva lo pruebe, Adán también lo hará y ya nada volverá a ser lo mismo, pues tú montarás en cólera y los expulsarás del Jardín del Edén para que Adán se gane el pan con el sudor de su frente, y Eva…

―Basta de chismes y expúlsalos de una vez por todas.

―Bueh, allá voy ―contestó, Luzbel.

Para calmar su ansiedad, el Neo Maestro recorrió la Vía Láctea, arregló una estrella que estaba torcida, ajustó los anillos de Saturno y niveló los megapixeles de Marte para darle mayor nitidez. De pronto, reparó en la existencia de un pequeño planeta azul y decidió que, a pesar de ser más agua que tierra, era el lugar perfecto para que la pareja de hippies pudiera vivir sin problemas una vez fueran expulsados del Edén.

―Listo, ya los desalojé ―dijo Luzbel, entregándole la manzana incriminatoria―. Leo que tramas enviarlos a la Tierra junto al ecosistema que ideaste para ellos.

―Así es.

―Sinceramente, tu decisión me parece ilógica.

Él lo miró con enojo, por andar opinando y leyendo su mente sin su permiso.

―¿Qué te sucede? ―preguntó el ángel, retrocediendo.

Él continuó mirándolo con doblegado enojo.

―¡Soy inocente! ―se defendió Luzbel―. Tú fuiste tu propio Maestro y tu propio Aprendiz, y si ahora estoy organizando un complot en tu contra, es porque me creaste para ser tu némesis.

El Maestro no dijo nada y, digno, procedió a darle vuelta la espalda a Luzbel para que éste no viera su expresión de asombro, ya que no tenía ni la menor idea de ningún complot, ni del significado de la palabra némesis. Disimulando, aguardó un instante antes de hablar.

―Solo me ciño a las escrituras.

―Las escrituras dicen que me condenarás a vivir en las entrañas del mismo planeta adonde enviaste a Adán y a Eva, con la única finalidad de que haga de sus vidas un infierno.

―Que así sea, vade retro de mi creación y no vuelvas más.

―¡Ya no puedo leer tus pensamientos!

―Acabo de cerrar mi mente hacia ti.

―Perdóname ―rogó Luzbel, reprimiendo las lágrimas.

Sin saber qué hacer, el Maestro mordisqueó la manzana que condenara a los hippies y, de golpe, la consciencia de sí mismo y el conocimiento del principio y del fin y de todo lo que fue, es y será, lo iluminó, transformando el espacio entre los espacios en infinito, y el tiempo entre los tiempos en eternidad.

―Te perdono ―dijo con la voz entrecortada por la emoción de su epifanía―, pero debes irte.

―Fuiste tu propio artífice y te envidio por ello ―murmuró el ángel caído―, pero nunca busqué ser tu enemigo.

―Yo tampoco busqué Ser lo que Soy, pero ya todo está hecho.

En señal de despedida, ambos se abrazaron como solo lo hacen dos amigos que se quieren con el alma y después, cumpliendo con las Escrituras, uno de ellos permaneció en las alturas y el otro descendió a los infiernos para sumirse en las tinieblas.