Recreo mental

El cultivo de la mente no es posible, si el cuerpo y el alma no están en armonía. El cansancio nos confunde y algo en nuestro interior nos dice que es momento de tomar unas buenas vacaciones mentales, dormir y dejar a los pensamientos en estado de inercia. Por esa razón, decidí tomarme un recreo, desconectarme, abstraerme, olvidarme de las formas y pensar en nada.

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Ese párrafo es del libro de Andrew J. Smart, El arte y la ciencia de no hacer nada. El asunto no es tratar de convertirse en un holgazán, sino en aprender a tener horarios.

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Para crear es necesario descansar…

Presagio

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Presagio fue publicado en Morada de Relatos el 10 mayo, 2015.

Como si todas las brujas condenadas, ávidas de aquelarres y conjuros, hubiesen pactado compartir su celda reviviendo en un solo un cuerpo, era sin duda en ella; una anciana sin nombre, demente y vagabunda. Se dedicaba a hurgar en la basura para encontrar cosas que vender, vestir o incluso, comer. Su aspecto desvalido y sus carcajadas, réplicas de sus conversaciones con el viento, eran la esencia de su ser o de los muchos seres que habitaban dentro de ella. Seres que, secretamente, me aterraban.
Para muchos, ella era motivo de lástima; para otros, de risa; sin embargo, para mí, ella era la personificación de mis miedos y de un presagio tan inevitable, como la mirada que emergía de las cuencas de sus ojos, los cuales prefería no mirar jamás. Pero el destino, que a veces se toma la atribución de decidir por nosotros, logró juntarnos y un día, dando la vuelta a una esquina, nos estrellamos con tanta fuerza, que mi reloj se soltó de mi muñeca y cayó bajo sus pies. Ella lo tomó y me lo entregó dócilmente.
—Gracias —le dije, sin mirarla, ajustándome la correa del reloj.

―¿Me dices la hora, por favor? —me rogó.

—Las ocho —le contesté con una semi-sonrisa.

—¿Quién eres? —me preguntó.

—¿Por qué me preguntas eso?

—¿Quién eres? —insistió.

—Soy yo —le dije molesta.

—¿Tú eres yo? —preguntó.

—No, yo soy yo y tú eres tú —le dije aún más molesta.

—¿Yo soy qué? —chilló.

—Tú eres tú —le respondí.

—Entonces si yo soy yo, ¿tú quién eres?

—Escucha, estoy apurada y tus enredos no me interesan. —le dije tajante.

Pero ella me sostuvo fuertemente del brazo y con sus largas uñas hundidas en mí, me obligó a mirarla y repitió:

—¿Quién eres?

—Yo soy yo y tú eres tú, pero nunca lo comprenderás, a no ser que te dijera lo contrario. Ahora suéltame, estoy atrasada.

—Gracias —me respondió sin mirarme, ajustándose la correa de mi reloj.

—¿Me dices la hora, por favor? —le rogué.

—Las ocho —me respondió con una semi-sonrisa.

—¿Quién eres? —le pregunté, mirándola a través de las cuencas de sus ojos.

—Soy yo —me contestó con mi voz.

Y se fue con mi aspecto, caminando a prisa, rumbo a mi vida, dejándome a mí, dentro de su cuerpo, condenada a arrastrar mi alma sentenciada junto a sus compañeras. Finalmente, mi carcelera ahora era libre y yo era mi propia cárcel: una anciana sin nombre, demente y vagabunda, como en el peor de los presagios.

Ella para siempre

Historias Furtivas

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Me la encontré en una calle sin salida. En cuanto me vio, me tomó de la mano y me hizo caminar junto a ella. Era primera vez en mi vida que la veía, pero qué diablos: entre caminar solo, era preferible hacerlo acompañado, aunque como dicen por ahí, más vale estar solo, ya que a veces, me soltaba para apurar sus pasos, que eran cortos, pero rápidos y yo tenía que correr para alcanzarla, o yo la soltaba y apuraba mis trancos para dejarla atrás. Tal vez, la explicación para nuestra actitud era que la calle elegida por ella era cuesta arriba o que, simplemente, no congeniábamos, porque hasta nos cansábamos a destiempo. Cuando el que sucumbía al cansancio ero yo y jadeando, me detenía para tomar aliento, me daba un par de coscorrones o me tironeaba de la ropa para continuar, pero cuando era ella la que sucumbía, no…

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Divagaciones de un Gato

La solidaridad vista a través de la mirada de un gato.

Historias Furtivas

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He hecho uso de mis siete vidas caminando sobre infinitos tejados, en busca de respuestas, pero ni siquiera la Luna, que entiende el lenguaje de mis maullidos, ha podido ayudarme a resolver el misterio que envuelve a las personas. Así es, soy un gato y como todos los gatos, los perros o cualquier especie sobre y bajo la tierra, no consigo entenderlas. Quizás, su misterio radica en su contradictorio afán de mantenerse unidas, pero separadas por barreras, no como nosotros, que lo mismo nos da si somos angoras, siameses o callejeros y que nos reconocemos el uno en la mirada del otro, respetamos nuestros respectivos territorios y hacemos las paces después de reñir para obtenerlos. Las personas también son territoriales, pero no siempre hacen las paces y se aíslan alzando muros entre ellos, como si olvidaran que se necesitan entre sí. Sin embargo, después de cualquier suceso catastrófico, sea o…

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Resistir

Historias Furtivas

Nacemos y crecemos forjando sueños.

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Inevitablemente, muchos de ellos estallan como si fuesen simples burbujas de jabón.

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No importa quién eres, solo importa que tuviste un sueño, pero no lo lograste y caíste.

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Entonces, habiendo perdido la batalla contra el fracaso, caemos como muñecos de trapo, con el alma rota al igual que nuestros sueños.

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Resiste, levántate y vuelve a soñar, porque aunque caigas mil veces, mil veces tendrás que levantarte, sacudirte el polvo, sanar tus heridas y reanudar tu caminata, siempre firme, dispuesto a ayudar a otro caído y dispuesto a aceptar que volverás a caer.

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Djarnas. 2.

Comparto esta historia porque creo en ella y en el talento de su autor, mi querido amigo Israel.

El Destrio

El carro alcanzó de nuevo el horizonte.

-Quiero hablarte, djarn’fah. Hoy los dingos han comido carne djarna. Yo vengo de un pueblo que conoce el arte de la guerra. Sé de formas para ganar los ataques sin perder tantas vidas.

Ash, curtida en mil batallas, no podía tolerar que una recién llegada la pusiera en evidencia. Decirle como tenían que luchar, en contra de su tradición, era una afrenta y sobre todo la prueba más clara de que tenía ante sí a una futura rival.

-No ha llegado todavía el momento en que una esclava le diga a la djarn’fah lo que tiene que hacer.

-Soy djarna. He pasado la gran prueba. Me he ganado mi primera pulsera.

-Bruma ha matado a muchos mas hombres que tú. ¿Acaso ella se atreve a decirme cómo tengo que conducir a mis guerreras?

Las djarna rompieron a reír. Tsun, en la distancia, rogó por que Ash se…

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