El relato secreto

Encuentros

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Desde que Dios se transformara en Dios y Luzbel en Lucifer, ambos se reúnen cada cierta cantidad de años en algún lugar remoto de la Tierra para intercambiar opiniones sobre la humanidad. La idea no fue de ninguno de ellos; sin embargo, Dios considera que debe mantener a sus amigos cerca y a su enemigo aún más cerca.

1998. Punto Nemo

—Una vez más, he tenido que postergar un pacto con un aspirante a líder de una nación y emerger de las tinieblas para reunirme contigo, Maestro.

—No te victimices, abandonar tu antro de confort es cumplir con tu deber antagónico, Lucifer.

—Te noto más preocupado que de costumbre, ¿sucede algo malo?

—¿Que si sucede algo malo? Míralos, ellos son la respuesta a tu pregunta.

—Pamplinas, ellos no son ni la respuesta, ni la pregunta, ni la conclusión de nada, porque ni ellos mismos se entienden. No pierdas tu tiempo en nimiedades y recuerda que son solo humanos jugando a ser dioses.

—No te dirijas a mí en plural, Lucifer.

—A Dios, jugando a ser Dios, disculpa, pero tanto exceso de trabajo me confunde.

(Silencio).

—No me digas que los cachivaches que inventan los seres humanos para alcanzar el conocimiento te atemorizan.

(Silencio).

—Cualquiera, menos yo, podría jurarte que sus artefactos son inofensivos.

—Me atemoriza saber que los perfeccionarán gracias a tu ayuda. Te advierto que sus mentes son en extremo permeables y que debes contener tu malsana impulsividad para no dañarlos más de lo estrictamente necesario. ¿Estamos?

—Estamos.

—Ahora vete y regresa a tu guarida infernal.

—Y tú, a tu guarida celestial.

(Silencio).

—Quise decir a mi guarida infernal, que yo regreso a mi guarida infernal.

—Basta de estupideces. Por cierto, uno de mis mensajeros te dirá el lugar de nuestro próximo encuentro.

—Hasta entonces… Maestro.

Sin contemplar como Dios ascendía a los cielos, Lucifer, abriéndose paso entre los miles de objetos espaciales desmantelados que ocupaban el vertedero en el que, además, se encontraban fragmentos de satélites y trozos de la estación espacial Mir, se sumió en su propio infierno antes de regresar a las tinieblas.

2001. Cumbre del Kilimanjaro.

—Otra vez preocupado. ¿Qué se supone que hice mal?

—Que has hecho tu mal casi a la perfección.

—¿Casi?

—¡Idiota!, te advertí que eran vulnerables.

—Permíteme recordarte que soy tu némesis y que, como tal, mi desempeño consiste en estar a la altura de tu creación.

—Escucha —dijo Dios agarrando al demonio de las solapas de su capa confeccionada con alas de murciélagos, hecha a su medida—, ellos son mi creación, mía, mía, yo la hice, yo los diseñé, ellos son el resultado de mi trabajo, de mi imaginación, ellos son míos, ¡no tuyos!

—Si te importaran tanto, no serías tan permisivo —dijo Lucifer, mientras arreglaba los pliegues de su costosa capa.

—Un artista muere, pero su obra puede ser inmortal; por lo tanto, una creación que prevalece, se impone por sí misma.

—Entonces, tú eres un artista inmortal, pero tu obra, a pesar de tener vida propia, es mortal… ¿no te parece injusto?

—Injusto es que mates murciélagos para hacerte prendas de vestir, cretino sin consciencia de nada que no seas tú mismo.

—Creí que eran imitaciones, lo siento tanto, Maestro.

—Cierra la boca y márchate.

—Como digas, Señor.

Esta vez, no resistió su propia tentación de contemplar como Dios ascendía hacia la luz rodeado de paz y de seres que lo amaban para burlarse de él. Pero sintió que su propio infierno era el más oscuro de todos los infiernos. Entre triste y enojado, pensó que si tuviera el poder de retroceder el tiempo, no dudaría en usarlo para no volver a cometer el error que marcaría su existencia y, suspirando, descendió a las tinieblas para refugiarse en su diabólica ermita.

2018. Nevado del Ruiz

—Perdón por el retraso, pero una de mis cuentas falsas de Instagram fue denunciada por un mojigato que consideró que mi contenido era inapropiado y que inflingía las normas de la comunidad.

—Escucha pedazo de mitómano descarado, estoy al tanto de tus falsos perfiles y de cómo usas las redes sociales para ganar adeptos, porque la persona que te denunció pensó en mí antes de hacerlo. Sé que te has vuelto tremendamente popular; sin embargo, ellos buscan comprenderme a mí.

—¿Pretendes decirme que durante todo este tiempo ningún humano ha tenido acceso a tu cuenta?

—Dicho en esos términos, así es.

—Yo no los ayudé a perfeccionar sus cachivaches, ¿no será que descifraron tu contraseña megasecreta para entrar al #jardíndelEdén y hackear tu manzano del conocimiento?

—Deja de hablar como si fueras un adolescente y compórtate como un demonio adulto hecho y torcido.

—Qué tiempos aquellos. Aún recuerdo cuando montaste en cólera y los privaste del conocimiento.

—Fue por su bien.

—Te ceñiste a las Escrituras y me obligaste a convertirme en serpiente para tentar a una pareja de hippies recién casados.

—Lo hice para salvarlos

—Ese árbol era internet y la manzana era un smartphone, ¡admítelo!

—Qué más da… hagan lo que hagan, jamás tendrán acceso a un conocimiento que se escapa de su comprensión. Son básicos por naturaleza y tienden a humanizarlo todo, incluso a mí.

—Tienes razón, hasta afirman que creaste todo esta parafernalia en una semana.

—Siii, incluso citan frases que jamás pronuncié.

—Son tan ridículos.

—Son tan humanos. A veces, siento ganas de explicarles todo.

—Eres Dios, puedes hacerlo.

—Lo hago en cada momento, pero ellos esperan algo obvio, palpable, tangible, concreto, evidente, corpóreo, sólido, compacto, preciso.

—Ahórrate tus adjetivos y permíteme opinar que algunos son bastantes abstractos.

—No me hables de los abstractos, por favor, porque son los humanos más desesperantes de mi creación.

—¿En serio?

—Siempre andan por ahí, tomándose atribuciones irrisorias para explicar mi existencia por medio de números o de palabras que ellos mismos entrelazan para sorprender a los concretos.

—¿Palabras como las de este diálogo, por ejemplo?

—Sí, así mismo.

—Entonces, esta conversación no existe.

—Exacto, esta conversación es total y absolutamente inexistente; sin embargo, no me cuadra que se esté desarrollando de forma tan fluida

—Curioso. Si no me lo hubieras dicho, yo seguiría pensando que es real y que ambos estamos dialogando. Hasta creí que nuestros encuentros eran verídicos. ¿Será que descubrieron tu lógica paralela superlativa o que entraron a la dimensión conocida de la desconocida?

—Espero que no, sino sus androides los reemplazarán y dudo que sus mecanismos sin alma puedan discernir entre el bien y el mal.

—Permíteme recordarte que esta conversación no se está llevando a cabo.

—Ssshhht, baja la voz, y por una vez ayúdame a protegerlos. ¿No comprendes que nuestra existencia depende de ellos? —murmuró Dios, algo nervioso.

—Propongo un boicot en contra de todas las redes sociales, Maestro —susurró el ángel caído.

—Considero que un método de abordaje adecuado podría ser mucho más efectivo y eficaz que una conspiración, Lucifer.

—Pero una conspiración es un método de abordaje, ¿o me equivoco?

Dado que ambos estaban murmurando, el audio de la Creación se hizo cada vez más perceptible. De pronto, dos súplicas, dichas al unísono, retumbaron en el Nevado del Ruiz con un volumen y una nitidez abismante. Una, era de un niño que le pedía a Dios que no se llevara al cielo a su padre enfermo o que esperara para después de su cumpleaños, ya que este le había prometido el último modelo de iPhone de regalo. La otra, era de la madre del niño rogándole a la Virgen que salvara a su marido y que su hijo dejara de ser un consumista sin corazón.

Ambos enmudecieron y el Maestro pensó que se encontraba en una encrucijada, aunque, para ser sincera, no tengo la menor idea qué pensó o si pensó en algo, porque, ¿cómo voy a saber yo qué es lo que piensa Dios si ya es imposible saber lo que piensa otra persona y estos encuentros fueron idea mía?

Finalmente, Lucifer rompió el silencio y preguntó:

—Maestro, ¿por qué no retrocedes el tiempo y nos das a todos una segunda oportunidad para enmendar nuestros errores?

—Señores —dijo María, con un aplomo capaz de contener al universo en su máxima extensión—, como Madre es mi deber consolar a aquella madre, pues siento su sufrimiento como si fuera mío, así que les pido que se comporten.

Y dicho eso, dulcemente, dejó caer una de las rosas blancas más bellas del Jardín del Edén en señal de esperanza y de que se podía contar con ella siempre y para siempre.

Algo avergonzados, Dios y Lucifer dieron el encuentro por finalizado y se marcharon sin despedirse, pero sin rastros de rencor. Era indudable que esa rosa había sido como una piedra arrojada a una fuente y que la gratitud por haberla recibido sería como las ondas concéntricas que se extienden en el agua.

—Así sea —dijo una voz desde las alturas, otra desde la profundidad de las tinieblas y muchas, incluida la mía, desde la tierra.

 

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Wi-fipedia

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Juan Smith, cuyo nombre real fue Juan John Smith Pérez, fue un individuo común y corriente que alcanzó cierto grado de notoriedad en algún momento de su vida. Siempre, incluso siendo medianamente famoso, pasó inadvertido y hasta desapercibido. Solo él supo de su existencia y en la actualidad, a nadie le interesa que haya creado wi-fipedia, la enciclopedia virtual para destacar los logros de cualquier persona conocida únicamente dentro de las cuatro paredes de su casa y en ámbitos que no llaman la atención de nadie en lo absoluto.

 

Información personal: Juan Smith nació a fines del siglo XX, entre las décadas 70’s y 80’s en alguna parte del mundo, no importa dónde, ni el día exacto. Se desconoce la fecha de su fallecimiento, porque nadie sabe nada al respecto. Algunos especulan que está vivo y que es amigo de Elvis Presley.

 

Características físicas

Las de un hommo sapiens completamente anodino de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI.

 

Inicios

Juan Smith fue hijo de unos padres quitados de bulla, por lo tanto, no existe información relevante sobre ninguno de los dos, ni sobre la infancia de Smith. No está claro si fue hijo único o si tuvo más hermanos.

 

Carrera

Smith estudió algo y se tituló de alguien experto en llevar la típica vida del hombre promedio de su generación; esto es, hacer mucho, ganar poco y descansar nada.

 

Vida privada

Contrajo matrimonio con su novia de secundaria, pero después de un tiempo impreciso, tanto él como ella, hastiados uno del otro, sin dinero, afortunadamente sin hijos, llevando una vida plagada de falta de excesos de nada que no fuera trabajo, sin derroches, vicios y sin ningún tipo de escándalo, decidieron que lo mejor para ambos sería separarse. Destrozado, cuarentón y endeudado hasta la médula ósea, Smith se involucró con una joven 20 años más joven que él, que lo arrastró a vivir como un millennials. Según las propias palabras de Smith: “Esta generación sabe mucho de tecnología, pero nada sobre la vida. Me impresiona que puedan configurar lo que sea sin leer ningún manual de instrucciones, ya sea porque su cerebro viene configurado genéticamente para decodificar de manera espontánea o porque no les gusta leer ni siquiera un miserable papel con unas simples instrucciones. Ojalá existiera un maldito manual de instrucciones para configurarlos a ellos, aunque dudo que estén interesados en configurar su propio cerebro para usarlo en alguna actividad que no requiera estar conectado a wi-fi. Son unos verdaderos adictos a los teléfonos inteligentes y si no me creen, hagan la prueba de quitárselos y verán la crisis de abstinencia que se les desata. ¡Mi reino por un cassette!”. Lógicamente, después de semejantes palabras, la chica dio por terminada la relación y lo bloqueó de todas sus redes sociales, acusándolo de reaccionario. Humillado, Smith renunció a su trabajo y vendió todas sus pertenencias para comprar una cabaña en el bosque, lejos del mundanal ruído, para hacer las paces consigo mismo y con wi-fi.

 

En una entrevista publicada en un medio escrito, ampliamente desconocido, Juan Smith declaró que fue en la cabaña del bosque donde se le ocurrió fundar wi-fipedia, institución destinada a proporcionar datos de interés general sobre personas tan comunes y corrientes como él. El problema -recalcó- es que el individuo corriente siente un profundo interés por el individuo famoso; por lo tanto, los datos de wi-fipedia no sirven para nada de nada. Curiosamente, su iniciativa logró captar la atención de grandes personalidades y amigos del jet set internacional.

 

Enlaces externos: ninguno

 

Premios: primer premio en una rifa escolar y el Smith wi-fipedia award a la trayectoria de “sujeto común y corriente”, otorgado por alguien.

 

 

Un espacio entre los espacios

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Después de todo lo que había creado, el aprendiz cayó dormido como un tronco y despertó al día siguiente, un tanto mareado y con dolor de cabeza. Recordó que mientras su Maestro dormía, él había creado un espacio entre los espacios y un tiempo entre los tiempos.

Me gustaría poder opinar sobre tu Ópera prima, pero no tengo permitido hacerlo dijo Luzbel, el único ángel que tenía el poder de leer sus pensamientos.

¿Quién demonios eres tú?

Soy tu ángel más querido y mi nombre es…

―¡Luzbel! ―exclamó el aprendiz, completando la frase con alegría―, ahorra tus palabras, amigo mío, recuerda que yo también puedo leer tus pensamientos. Por cierto, ¿quién nos dotó de un poder tan absurdo?

―Tú.

―Caray, hay muchas cosas que no recuerdo; esto de crear sin el consentimiento de mi Maestro me dejó agotado.

―No deseo alarmarte, pero ¿qué sucederá cuando Él despierte?

―No lo sé, supongo que lo tomará a bien.

―No seas ingenuo ―rió Luzbel―, tú sabes que resolviste mal la ecuación del tiempo y que la distancia entre tus espacios no existe.

―¿Cómo que no existe?

―Leí tus pensamientos.

―No creas que me intimidas, acabo de leer tus pensamientos leyendo los míos y sé lo que tramas.

―Y yo leo los tuyos, y sé que lees que pienso que, de todos los ángeles, yo soy el más hermoso.

―¿Insinuas que pienso que los demás son feos?

―¡Afirmo que tú piensas que yo pienso eso!

―No te exaltes, Luzbel.

―Tienes razón, pero es que a veces te encuentro tan estúpido, que no puedo evitar perder el control de mis emociones.

―Somos dos ―afirmó el aprendiz, mirándolo con cariño―; ahora guarda silencio, mi Maestro acaba de despertar y viene hacia acá.

Luzbel obedeció, y los otros ángeles, arcángeles y querubines se apartaron para cuchillear entre sí.

―Bienvenido, colega ―exclamó el aprendiz, poniéndose de rodillas―, espero que mi humilde creación sea tu agrado.

―Fui creado para crearme, no para ser tu “colega”.

―¿Quién te creó?

―Mi creador.

―¿Con qué objetivo?

―Te lo acabo de decir: fui creado para crearme.

―No comprendo.

―Somos una creación metadiegética, con infinitos niveles de efecto droste, y nuestras escrituras son una narración enmarcada, metafórica y superlativa, ¿captas?

―En lo absoluto.

―Se refiere a que somos una creación dentro de otra, como si soñaras que sueñas que estás durmiendo ―explicó Luzbel, dando muestras de una agudeza mental que lo elevaba sobre el promedio celestial.

―Veo que tu creación es bastante aceptable, aunque no estaría demás que pulieras algunos detalles ―sugirió el Maestro, mirando directamente al ángel entrometido.

―¡Epa! El hecho de que seas mi Maestro no te da ningún derecho a juzgar a mi mejor amigo.

―Ahora tú eres el Maestro y yo el aprendiz.

―¿Te refieres a que soy el Alfa y Omega?

―Me temo que sí. Ahora levántate, ninguna creación debería arrodillarse ante otra.

―¡Soy el Verbo! ―exclamó el ex aprendiz, alzando los brazos al cielo sobre el cielo de los cielos.

―Lamentablemente ― respondió en ex Maestro, con tono sombrío, y, sin más, desapareció entre uno de los espacios de los espacios y se perdió en algún tiempo entre los tiempos.

―Veamos, ahora que soy el Jefe, lo primero que haré será expulsar a esa pareja de hippies que retozan en mi jardín, porque tengo el presentimiento de que probarán no solo una, sino muchas de mis manzanas. Luzbel, ven acá ―ordenó, chasqueando los dedos con impaciencia.

―Lo sé, deseas que me transforme en una serpiente y le ofrezca el fruto del Árbol del Conocimiento a Eva.

―¿Eva? ¿Árbol del conocimiento?

―Las escrituras dicen…

―¡Pero si es solo un manzano!

―Contiene el fruto prohibido ―siseó Luzbel, semiconvertido en serpiente―. Una vez que Eva lo pruebe, Adán también lo hará y ya nada volverá a ser lo mismo, pues tú montarás en cólera y los expulsarás del Jardín del Edén para que Adán se gane el pan con el sudor de su frente, y Eva…

―Basta de chismes y expúlsalos de una vez por todas.

―Bueh, allá voy ―contestó, Luzbel.

Para calmar su ansiedad, el Neo Maestro recorrió la Vía Láctea, arregló una estrella que estaba torcida, ajustó los anillos de Saturno y niveló los megapixeles de Marte para darle mayor nitidez. De pronto, reparó en la existencia de un pequeño planeta azul y decidió que, a pesar de ser más agua que tierra, era el lugar perfecto para que la pareja de hippies pudiera vivir sin problemas una vez fueran expulsados del Edén.

―Listo, ya los desalojé ―dijo Luzbel, entregándole la manzana incriminatoria―. Leo que tramas enviarlos a la Tierra junto al ecosistema que ideaste para ellos.

―Así es.

―Sinceramente, tu decisión me parece ilógica.

Él lo miró con enojo, por andar opinando y leyendo su mente sin su permiso.

―¿Qué te sucede? ―preguntó el ángel, retrocediendo.

Él continuó mirándolo con doblegado enojo.

―¡Soy inocente! ―se defendió Luzbel―. Tú fuiste tu propio Maestro y tu propio Aprendiz, y si ahora estoy organizando un complot en tu contra, es porque me creaste para ser tu némesis.

El Maestro no dijo nada y, digno, procedió a darle vuelta la espalda a Luzbel para que éste no viera su expresión de asombro, ya que no tenía ni la menor idea de ningún complot, ni del significado de la palabra némesis. Disimulando, aguardó un instante antes de hablar.

―Solo me ciño a las escrituras.

―Las escrituras dicen que me condenarás a vivir en las entrañas del mismo planeta adonde enviaste a Adán y a Eva, con la única finalidad de que haga de sus vidas un infierno.

―Que así sea, vade retro de mi creación y no vuelvas más.

―¡Ya no puedo leer tus pensamientos!

―Acabo de cerrar mi mente hacia ti.

―Perdóname ―rogó Luzbel, reprimiendo las lágrimas.

Sin saber qué hacer, el Maestro mordisqueó la manzana que condenara a los hippies y, de golpe, la consciencia de sí mismo y el conocimiento del principio y del fin y de todo lo que fue, es y será, lo iluminó, transformando el espacio entre los espacios en infinito, y el tiempo entre los tiempos en eternidad.

―Te perdono ―dijo con la voz entrecortada por la emoción de su epifanía―, pero debes irte.

―Fuiste tu propio artífice y te envidio por ello ―murmuró el ángel caído―, pero nunca busqué ser tu enemigo.

―Yo tampoco busqué Ser lo que Soy, pero ya todo está hecho.

En señal de despedida, ambos se abrazaron como solo lo hacen dos amigos que se quieren con el alma y después, cumpliendo con las Escrituras, uno de ellos permaneció en las alturas y el otro descendió a los infiernos para sumirse en las tinieblas.

El premio

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Quiero agradecer a RCAG y a aquellos que me leen, por otorgarme un premio Liebster, a través de otro premio. Es uno que ya conocen y que nació de mi fructífera imaginación: El premio del Bingo

Los sucesos que pretendo contar a continuación se dieron de forma tan vertiginosa, que si mi memoria no fuera como una manta de patchwork y cosiera mis recuerdos como retazos para mantenerlos unidos, ya los habría olvidado. Puede parecer absurdo, pero recordar a un recuerdo, no es fácil y éste, es uno que deseo conservar. Todo comenzó cuando envejecí. El mundo daba por olvidada a mi generación y el día que cumplí 95 años, supe que era el momento de hacer mis maletas, despedirme de los parientes, no así de mis amigos y largarme para recluirme junto a los amigos de los que no me despedí, porque en cuanto abrí la puerta de la residencia para ancianos, me estaban esperando para darme la bienvenida. Fue un reencuentro grato y emotivo, evocamos nuestras locuras juveniles y un sinfín de anécdotas, como cuando perdí un concurso de baile por torcerme un tobillo y el juez me descalificó por enojón. Pasadas las risas, me pusieron al tanto sobre las actividades recreativas del lugar, de las cuales todas, excepto el bingo, me interesaron. Eso de rellenar un cartón, en pos de un set de vasos de plástico no me atraía para nada, pero mis amigos, intercambiando miradas de complicidad, insistieron en que una vez me enterara del premio, cambiaría de opinión. Por respeto a ellos, acepté su invitación para jugar al bingo y ese sábado por la noche y con mi opinión sin cambiar en lo más mínimo, de pronto un hombre que irradiaba vitalidad, irrumpió de la nada, junto a una muchacha que supuse era su asistente. Él sonrió y mientras la joven, que, en efecto era su asistente, nos repartía los cartones con sus respectivas fichas, el destello de su envidiable dentadura iluminó el salón, hasta transformarla en una discoteca de los ’70, El piso, otrora de parquet, ahora era un sinfín de patrones lumínicos, y una inmensa bola de espejos reemplazó al tubo fluorescente instalado en el techo. Sentí una oleada de adrenalina cuando, en medio de una música que me fascinaba, mencionó el premio y con el corazón a mil, me desplomé víctima de un desmayo o de un paro cardiaco. Desperté segundos después, creyendo que todo había un sueño o que había muerto, pero no era así, y mientras el hombre se aprestaba a tomar el micrófono para cantar los números que, uno tras uno, su asistente fuera extrayendo de la tómbola, murmuré:

-Vaya bingo, el locutor parece galán hollywoodense y el premio desafía toda lógica.

Pero mis amigos me hicieron callar, expectantes por oír el primer número. Los observé apretar las mandíbulas y las manos con las que sostenían sus fichas, como si fueran pilotos de Fórmula Uno y no un grupo de vejetes, presurosos por rellenar un cartón de bingo. Intenté ponerme en sintonía y fingiendo apretar la mandíbula, me ajusté las gafas y esperé. La tómbola giró y el primer número extraído fue el 11, lo marqué, el segundo fue el 7, también lo marqué y el tercero, cuarto, quinto y sexto, también los marqué. Era increíble, esa tómbola arrojaba todos los números que necesitaba para completar mi cartón, y cada vez que ponía una ficha, exclamaba un sí o un yeah, avivado por mis amigos que aplaudían mi posible victoria, pero el entusiasmo se convirtió en suspenso cuando estaba a un número de completar mi cartón. Rogando para que la tómbola arrojara un 72, cerré los ojos y mientras apretaba no solo mis mandíbulas, sino el cuerpo entero, escuché la melódica voz del moderador decir mi número y al instante puse la ficha, me levanté y eufórico, levantando ambos brazos, grité biiiiingo. Quién no lo haría, el premio era tener 21 años durante 12 horas y reevaluando mi opinión sobre el bingo, tomé de la mano a la joven asistente y al son de la música de Fiebre de sábado por la noche, sin torcerme un tobillo ni ser descalificado por nadie, bailé con ella durante toda la noche, siendo uno de los mejores retazos del patchwork de mi memoria.

Brujas Ana y Mía

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Inseguridad es una dulce y joven princesa que, por algún extraño motivo, vive tratando de ser aceptada por los demás jóvenes de su edad. Ella posee una autoestima muy frágil, se rige según los cánones de belleza impuestos por la sociedad, es fácilmente influenciable y pareciera tener un grave problema visual, porque de otra forma no se explica que cada vez que se mira al espejo, a pesar de que éste le devuelve la imagen de una muchacha linda y saludable, ella vea el reflejo de una obesa que le repugna. Como la princesa Inseguridad es adolescente, no valida la opinión de sus padres, simplemente porque considera que ellos nunca fueron adolescentes o que, si lo fueron, no tienen ningún derecho a meterse en su vida, ya que esta princesita, además de ser insegura, es introvertida. Un día conoció a las princesas Ana y Mía, y se sintió tan identificada con ellas, que decidió unirse a su séquito de admiradoras y seguir las reglas impuestas por ambas princesas, consistentes en bajar de peso, ya sea dejando de comer o vomitando. Desde entonces, la joven princesa Inseguridad vive contando calorías, se siente culpable cuando come, cuando siente hambre e, incluso, cuando ni siquiera ha comido ni sentido hambre. Se ha vuelto más insegura, casi no tiene amigos, muchos de sus pares la rechazan, su grave problema visual persiste y, a pesar de que su autoestima está tan trizada y al borde de desmoronarse, ella todavía cree que Ana (anorexia) y Mia (bulimia), un par de embusteras que ni siquiera son princesas y que no tienen ni un ápice de nobleza, tienen razón. Solo sus padres, los que supuestamente nunca fueron adolescentes, pueden y deben buscar la ayuda apropiada para salvar a su amada princesa que, en su confusión, cree que el amor del hermético príncipe Depresión la hará feliz.
Este no fue, evidentemente, un cuento de hadas, sino uno de brujas. Unas llamadas Ana y Mía, que se dedican a abusar de la inseguridad de millones de adolescentes que se sienten desconformes con sus cuerpos en desarrollo. Ambas llevan años circulando por internet a través de diversas redes sociales y son nefastas como la peste negra. Sin embargo, como los finales felices sí existen, porque un final es el comienzo de una nueva etapa, la joven pronto será nombrada Princesa de la Superación por su majestad, la Reina de la Fortaleza.

Para ese amigo infaltable

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Vicente es uno de esos amigos que superan la barrera del tiempo. Esos con los que no cuesta reanudar una conversación que comenzó hace años, pero que pareciera haber comenzado ayer. Esos con los que no hace falta hablar todos los días para tenerlo presente y saber que cuentas con él. Vicente es de esos amigos del alma que te quieren por ser como eres y que, ganes o pierdas, nunca te abandonan. Recuerdo que nos conocimos por esas cosas de la vida que me niego a llamar casualidades, porque el azar poco tiene que ver con la amistad y que, desde entonces, somos como hermanos. Esos hermanos que se pelean por todo, porque Vicente es como esos niños malcriados que afirman tener siempre la razón y que hacen pataletas o se taiman si comprueban que estaban equivocados, pero esos hermanos que, sea como sea, siempre terminan por hacer las paces. Hace poco le propuse, medio en broma medio en serio, que escribiéramos una historia entre los dos y me contestó que no, pero cuando le expliqué que mi idea era que él me personificara a mí y yo a él, cambió de opinión y aceptó. Es probable que el resultado final de nuestro trabajo en conjunto sea una mezcla de nuestras respectivas personalidades o de cómo nos percibimos mutuamente, sin embargo, ahora que lo pienso con mayor detenimiento, Vicente es uno de esos amigos que pesan como fardos sobre la espalda. De esos que conocen la amistad solo en teoría, porque jamás la practican y se apegan a uno como una rémora a un tiburón. Consideran que un amigo es una pared donde afirmarse y que uno debe sostenerlos para que no se desmoronen y uno les cree y hasta les presta su espalda para que los descarados no se lastimen. Vicente, el tipo ese, siempre anda en pose de “pobrecito yo” y vive quejándose, como si uno no tuviera suficiente con sus propios problemas, problemas que, por lo demás, no le interesan. Qué va a ser hermano de alguien ese pedazo de tirano egocéntrico con síndrome del emperador que se impuso como único hijo. No sé como sus padres, que en paz descansen, toleraron vivir bajo el régimen de un dictador que les hacía la vida imposible con sus berrinches y sus estallidos de ira. Es comprensible que ambos murieran de un colapso nervioso. -Vicente, eres tan buena persona- le decían y él, dándoselas de humilde, negaba con la cabeza y musitaba un -no es para tanto ¡Claro que no es para tanto, es más, no es para nada en lo absoluto, infeliz, farsante con delirios de grandeza! Lee la descripción que estoy haciendo de ti y aprende de una vez por todas que no es llegar y personificar a alguien de buenas a primeras. Analiza, cretino, tómate el tiempo de construír un perfil sicológico y después, solo después, dale vida a tu personaje. Maldita la hora que se me ocurrió escribir un texto contigo, porque estoy seguro que la percepción que tienes sobre mí es categórica y rotundamente, distorsionada. Ipso facto, supero la barrera de la luz y procedo a hacer mutis por el foro de este relato y pobre de ti si te atreves a dirigirme cualquier tipo de palabra, frase u oración, porque solo las construyes para pedirme que te preste dinero o para que sea tu aval en alguno de esos préstamos tuyos que nunca pagas. Por tu culpa, imbécil, embargaron los bienes de mi casa y estuve meses durmiendo en un colchón. Que rabia y que ganas de romperte la nariz, Vicente. Créeme que tenía un nudo de frases atoradas en el puño, pero ya no más. Al menos, este texto me ha servido para hacer catarsis y expulzar toda la ira que no sabía que sentía por ti y que, estúpidamente, confundía con amistad. Como cierre, declaro que a partir de este momento la casualidad que nos unió se transforma en decisión, porque he decidido cambiarme el nombre para no llamarme, Vicente, como tú.