La respuesta está aquí

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Como lo tenía planeado, el test de las manchas no me delató y fui absuelta de todos los cargos. Por lo demás, el luminol no encontró ningún rastro de sangre, simplemente, porque buscaron en el lugar equivocado y dejé de ser sospechosa. Los medios de comunicación que cubrían el caso me otorgaron el papel de víctima de las circunstancias y recibí incontables mensajes de apoyo; algunos tan conmovedores, que hasta me dieron ganas de llorar de la risa. Después de una terapia para superar mi bien actuado shock, por fin pude retomar mi vida normal y con ella, mis estudios de historia del arte. Reconozco que volver a tener a mi madre solo para mí y no tener a mi padrastro vigilándome, igual que un perro adiestrado, facilitaron que no me costara ponerme al día con las materias y, agradecida de la vida, me sumí en Lisa Gherardini, más conocida como la Gioconda. Leonardo da Vinci, genio entre genios, es el único hombre al que admiro, el único, pero no considero que la Mona Lisa sea la mejor de sus creaciones. Él fue un visionario, su mente fue más allá de su tiempo, y toda esa red de mensajes ocultos, conspiraciones, enigmas y códigos, me parecen ideas de personas mal de la cabeza. A propósito, Rorschach, ¿qué tal si resucitas y analizas a esa gente y no a mí? Qué tipo más ridículo, me recuerda a mi padastro y su teoría de que yo manifestaba la triada oscura de la creatividad; es decir: narcisismo, maquiavelismo y cero empatía ¡Soy empática!, deberían condecorarme por ponerlo bajo tierra, pero si no reprimo mi ego me delataré y mi crimen dejará de ser perfecto. Una lástima que tantas acciones altruistas como la mía queden en el anonimato, pero qué se la va hacer, lo que importa es que salí libre y que puedo estudiar la pintura más emblemática de Da Vinci. Reitero que las dobles interpretaciones me parecen teorías rebuscadas, aunque un texto descubierto detrás del hombro izquierdo de la Mona Lisa: “La risposta si trova qui”, en español “la respuesta está aquí”, me pareció un hallazgo interesante, ya que si se observa con detenimiento, el mensaje es notorio. No sé cómo antes no había reparado en él, ni por qué la mirada de la Mona Lisa, célebre porque no deja de observarte desde ningún ángulo, ahora me desagrada. Probé invertirla, reflejarla en un espejo, torcerla, cubrirle el rostro y, aún así, ella no despega sus ojos de mí. Su sonrisa, aliada de su mirada, parece susurrarme, “dime lo que hiciste y te diré quién eres”. ¿Será que ella actua como un espejo de nosotros mismos? De ser así, ella es el código que utiliza Leonardo para mirarnos a través de los siglos y él está al tanto de todo. Maldición, si logran dar con el mensaje escrito detrás del otro hombro de la Gioconda, mi propia verdad saldrá a la luz y mi máscara se desmoronará. Espero que nadie descifre el texto “ella es la culpable”, aunque admito que ser delatada por el genio más grande de todos los tiempos me llenaría de orgullo. Solo un genio descubre a otro genio, y eso no es un trastorno, es un honor.

Máscara

 

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Una mancha de tinta es solo una mancha de tinta. Su personalidad no puede ni debe quedar al descubierto solo por analizar un conglomerado de manchas que, por lo demás, sé lo que indica cada una. De algún modo, me las arreglaré para que otro de los implicados confiese y se declare culpable de lo sucedido aquella noche. Ella es inocente y soy capaz de todo para salvarla del asesinato que se le adjudica. Hoy le daré las respuestas indicadas y conseguiré que salga incólume, con la frente en alto y libre de toda mancha. ¡Qué gracioso! lástima que deba contener la risa y fingir preocupación, pero ya tendré tiempo para relajarme. Ahora, la importante es ella y si debe ver una mariposa, la verá, si debe ver dos animales de cuatro patas, también los verá e incluso los describirá como un escudo heráldico. Por ningún motivo describirá las fauces de cocodrilo situadas en las puntas del murciélago y tampoco deberá ver nubes, monstruos, vertebras, pulmones, ni mucho menos, navajas o tijeras. En cuanto a la primera imágen, le prohibiré decir que ve una máscara, es demasiado similar a la encontrada en la escena del crimen y no es, precisamente, la respuesta “correcta”. Ella me creerá, lo sé, soy tan convincente que hasta yo creo en mis patrañas. Inventé una coartada perfecta, pasé el detector de mentiras y ahora solo me queda pasar este estúpido test. Si no fuera por esa pequeña mancha de sangre, nadie hubiera sospechado de mí y no tendría que estar representando un transtorno de personalidad múltiple para encubrirme. Rorschach debió ser un lunático, una mancha de tinta y una de sangre solo se diferencian por el color, pero algunos aún no entienden que una mancha, es solo una mancha y que un crimen, es solo un crimen. ¿Por qué tendría que sentir remordimientos?

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Cara: ser; sello: no ser

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Mi última decisión fue lanzar al aire la moneda que, en este preciso instante, decide por mí. Gracias a ella, mi vida se ha simplificado al punto de que nada me inmuta, me conmueve, ni me hace pensar y aquellos asuntos que antes no me dejaban dormir, ahora, por el contrario, me inducen al sueño, brindándome un descanso plácido y reparador, vital para oxigenar el cerebro y regenerar las neuronas que gasté al lanzar la moneda que, por lógica, volveré a gastarlas cada vez que lance mis decisiones al aire. Bendita la hora cuando, en plena encrucijada, la encontré en mi bolsillo y de un tris, pasé de ser un hombrecillo neurótico, insomne y vulnerable, a ser un hombre que infunde tranquilidad y que, además, goza de buena salud. Es tan fácil lanzarla y que ella decida: cara, lo hago; sello, no lo hago; cara, me gusta; sello, no me gusta; cara, respondo; sello, me quedo callado. No sé cómo pude subsistir sin ella durante tanto tiempo; sin embargo, sospecho que la regeneración de mis neuronas ha sido excesiva, pues una de ellas me acaba de plantear el siguiente reto: cara, lanza tu moneda; sello, no la lances y de un tris he vuelto a ser el hombrecillo neurótico, insomne y vulnerable, que en plena encrucijada, encontró una moneda en su bolsillo, pero que ahora no sabe qué va a hacer con su vida.

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El extraño caso del programa busca talentos

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Se supone que todo cae por su propio peso, pero el programa para descubrir nuevos talentos artísticos parecía ser una excepción a la regla, ya que, a pesar de ser uno de los mayores desaciertos mediáticos, era un éxito rotundo. Tanta era su popularidad, que a nadie le importaba que la escenografía se estuviera cayendo a pedazos, ni que los miembros del jurado, un trío formado por un chef, la novia del chef y un escritor de libros de autoayuda, no estuvieran lo suficientemente preparados para calificar o descalificar el talento de las personas que acudían en masa a la estación televisiva en busca de una oportunidad que los catapultara a la fama. Transmitido en horario nocturno, aquella noche, como todas las noches, después de una preselección aparentemente exhaustiva, pero que en realidad había dependido del azar, el primer participante fue anunciado.

-Nuestro primer participante se apoda Rodán, tiene 34 años y asegura que puede permanecer quieto como una estatua durante cinco horas.

Rodán, un hombre con aspecto de faquir, hizo su entrada maquillado de pies a cabeza con un exótico ungüento que lo hacía ver como un bloque de mármol y, ceremonioso, se encaramó sobre una tarima de un color símil al de su maquillaje para posar como El pensador, de Rodin.

-Fuera de aquí, estatua antipensante -bramó el escritor de libros de autoayuda que, en su calidad de presidente del jurado, oficiaba de juez absoluto-. Inútil, en vez de estar cinco horas en estado de inercia, debieras estar diez horas en estado de acción y reacción.

-Pero yo…

-Pero nada; dije, largo, así que esfúmate, evapórate, desintégrate y, si puedes, autodestrúyete. ¡Que venga el próximo! -ordenó con voz implacable.

-Nuestro segundo participante es un hombre de 57 años, cuyo sueño es ser el mejor imitador de Luciano Pavarotti. Su nombre es Guido, afirma ser la reencarnación de Caruso e interpretará un trozo de Pagliacci.

Guido, un hombre con evidentes problemas de identidad y con una autoestima inversamente proporcional a su gran tamaño, subió al escenario vestido de Pagliacci. Tras un breve interludio, comenzó:

-Ridi pagliaccio…

-Cierre la boca para siempre y abandone el estudio inmediatamente o llamaré a la policía – sentenció el juez.

-Según las cláusulas de este programa, los concursantes debemos finalizar nuestra actuación antes de ser descalificados -se defendió el imitador-. Además, no creo haberlo hecho tan mal, ¿o sí?

-Escucha payaso -dijo el juez, con voz amenazante-: la commedia è finita! ¿capicci?

-Capisco- respondió Guido con la partícula de un segmento de una hebra de un hilo de voz, y, avergonzado, se retiró en medio de un silencio atronador.

-Atención, nuestra tercera participante es una niña de 7 años que aspira a ser cantante profesional. Le gustan los animales y es desobediente.

-No soy desobediente -reclamó la niña.

-Cállate y sube al escenario -murmuró el presentador-. Estás arruinando mi credibilidad.

-No soy desobediente y me niego a subir al escenario si usted no rectifica esa información.

-¡Guardias!, espósenla y llévenla ante los jueces.

La niña aspirante a cantante fue conducida hasta el escenario con las manos atadas como una delincuente y, molesta, tuvo que aguardar que le quitaran las esposas para poder cantar.

-Interesante performance -opinó el chef.

-¿Qué te trae por acá, pequeña? -preguntó la novia del chef.

-Bobos -gruñó el presidente del jurado-. Es lógico que está acá para participar, o acaso ¿aún no saben que si formulan esa pregunta, obtendrán siempre la misma respuesta?

El público interpretó ese intercambio de opiniones como una situación en extremo chistosa, y todos comenzaron a reír; sin embargo, la niña contestó con seriedad:

-Estoy acá para vencer un miedo; usted escribió en uno de sus libros que la mejor forma de vencerlos, era enfrentándolos.

-No recuerdo haber escrito eso, pero, ¿qué se supone que cantarás?

-O mio babbino caro, de Giacomo Puccini.

-¡Lo que nos faltaba! -exclamó el juez-. Ya tuvimos a un Pavarotti y ahora tendremos a una María Callas.

-Para hacer más expedita su eliminación -opinó el chef-, dejémosla cantar.

-Ciertamente -dijo el juez y, observando a la pequeña, le ordenó cantar.

“O mio babbino caro

Mi piace è bello, bello

Vo’ andare in Porta Rossa”.

Medio segundo después, la niña fue obligada a regresar de donde venía, por haberle roto los tímpanos al presidente del jurado.

-¿Cómo puede ser tan despiadado al momento de juzgar el talento de otra persona? -se preguntó la pequeña, reteniendo las lágrimas; sin embargo, dado que ella no obedecía ninguna orden injusta, decidió intentarlo nuevamente y, veloz, entró por la misma puerta que la vio salir.

-Si estas escuchando esto -recitaba un anciano-, quiere decir que estoy más vivo que nunca.

-Si no quiere estar más muerto que nunca, lárguese de aquí antes de que lo estrangule -estalló el presidente del jurado-. ¡El que sigue!

-Nuestra última participante es la misma niña de 7 años que aspira a ser cantante profesional, pero que fue expulsada recientemente. Deduzco que aún le gustan los animales y considero que, en efecto, es desobediente.

Ella asintió y subió al escenario.

-Niña odiosa -farfulló el presidente del jurado.

-Vine hasta acá para cantar y eso es lo que haré -afirmó la pequeña, y sin dejar de mirar al escritor y presidente del jurado, O mio babbino caro brotó desde su alma con infinita ternura. Cuando finalizó, el silencio fue tal, que hasta el mismo público pensó que no había público. Unas manos hicieron amago de aplaudir, pero se detuvieron al notar que nadie, ni siquiera el cuerpo al cual pertenecían, las secundaban; no obstante, una persona más decidida se levantó de su asiento y aplaudió con tanto ímpetu, que pronto toda la audiencia siguió su ejemplo y se puso de pie para aclamar a la participante.

-No tienes técnica, por lo tanto, estás descalificada -remató el juez.

-¡No es justo! -exclamó la niña.

-¿Qué te hacer suponer que la vida es justa, mocosa?

-Usted escribió que lo era y yo le creo.

-Dime, pequeña charlatana, ¿te parece justo que para poder pagar mis cuentas deba ganarme la vida siendo el presidente del jurado de un programa de televisión abominable y no como escritor? -le preguntó el juez.

-Lo siento… no fue mi intención herir sus sentimientos.

El juez se echó a llorar y el público, rápidamente, tomó partido por él y comenzó a abuchear a la niña.

-Está bien, me marcho -dijo la pequeña-. Por cierto, señor presidente del jurado, le aseguro que le iría genial si se dedicara a escribir libros de autofracaso.

-¡Laaaaargo!

La orden expresada a modo de grito retumbó contra la gastada escenografía con tanto impacto, que a los pocos segundos se desmoronó. El público, Rodán, Guido, el anciano, el presentador, el chef, la novia del chef e incluso los guardias, huyeron despavoridos. Solo la niña y el juez, guardaron la calma durante la estampida.

-Regresemos a casa, papá- dijo la niña, tomándolo de la mano.

-Ahora recuerdo -murmuró el escritor, contemplándola con sorpresa-: la última vez que te vi fue esta mañana, durante el desayuno. No comprendo qué sucedió, ni por qué estamos acá.

-Oh, mi querido papá, este programa era como una pócima que te convertía en un monstruo -le explicó la pequeña.

-¿Tanto así?

-Sí, y dejabas de ser tú, pero aunque no recuerdes nada de lo sucedido, gracias a ti, logré vencer mi miedo de cantar en público -afirmó la niña, con entusiasmo.

-¡Mi pequeña cantante, estoy orgulloso de ti! -exclamó el escritor, y alzando a su hija sobre sus hombros, como una campeona, mientras pisaba los escombros de un mal momento de su vida, pensó en su familia y, envuelto en los compases de O mio babbino caro, la serenidad inundó su corazón.

Después de todo, el peor programa televisivo con la sintonía más alta de la historia, no había sido una excepción a la regla de que todo cae por su propio peso.

Vivir y morir mil veces

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Melquíades era un hombre que había consagrado su vida a la literatura, a su familia y a sus ideales. Desde que quedara viudo y su hijo se marchara para formar su propia familia, la nostalgia recorría todos los confines de cada resquicio de su alma y para aplacar el sonido de sus pasos, se ocultaba de ella en el último rincón que le quedaba de vida, impartiendo clases de ajedrez. Yo era una sus alumnas, y no precisamente una alumna aventajada.
-Si no proteges a tu reina, vas a perder -me advirtió.
-Lo sé, pero miro el tablero y no encuentro ninguna salida -respondí-. Lo lamento, pero, a pesar de sus esfuerzos, nunca seré una buena jugadora de ajedrez.
-Te propongo una idea -sugirió Melquíades-: pensemos en tu reina no como una pieza, sino como un ser de carne y hueso.
-¡Acepto! -exclamé-. Su reino no será el ajedrez, sino el mundo, y tendrá que lidiar con lo humano y lo divino.
-Así es, piensa en ella y dime lo que sientes.
-Creo que la reina busca darle un sentido a su sinsentido. Pienso que su vida debe ser tan absurda como la nuestra, que nos inventamos quimeras inalcanzables para dejar un rastro, una huella, algo que nos haga ser recordados, como si no supieramos que somos olvidables y prescindibles. Pobre reina -murmuré-, sus victorias y sus derrotas no le importan a nadie, excepto a ella, o quién sabe, tal vez esta tan cansada del mundo que ni a ella le importan.
-Voy a decirte lo que pienso como si me lo hubiera contado la mismísima reina: tú no eres imprescindible para el mundo; sin embargo, el mundo sí lo es para ti. Con certeza, tú no pediste venir al mundo, pero quizás el mundo pidió que vinieras. No me pidas razones, porque no las sé, pero siento que el mundo es el que deja sus huellas en nosotros y no nosotros los que dejamos nuestras huellas en él. Recordar una caricia, un aroma, un rostro, un momento, no son otra cosa que las huellas del mundo sobre nosotros, y si buscamos verdades intangibles es porque el mundo es la única verdad tangible que poseemos. El mundo nunca va a dejar de girar por ti, ni por mí, ni por nadie y nunca nos exigirá nada, ya sea por generosidad o por indiferencia, pero todos lo necesitamos para poder hacer algo con nuestras vidas. Vivir para morir, es contradictorio, pero reinventarme es el sentido mi vida.
Melquíades suspiró y yo comprendí. Al instante, como una epifanía, supe lo que tenía qué hacer.
-Maestro, mi reina esta a salvo. Le advierto que si no protege a la suya, la vida de su rey estará en peligro.
-Descuida -dijo, guiñándome un ojo-, son las reglas del juego. Recuerda que todos ellos volverán a vivir y a morir mil veces.

 

Tres gatos cotidianos

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R. Magritte

I

Este hombre, al que llamaremos “anónimo”, consciente de pertenecer a una especie minoritaria; esto es, inmune a los estándares y a las ideas preconcebidas, entre los puntos y líneas de sus propios trazos, dibujó una puerta de entrada a un mundo surrealista y para no dar pie a preguntas inútiles, que solo ameritaban respuestas aún más inútiles, después de dibujarla, la protegió, sumiéndose en el más silencioso de todos los silencios. Solo por retazos de conversaciones o por algún comentario dicho al azar, lo único sabido sobre él era que, aparte de dibujar, ser joven, guapo y soltero, vivía junto a sus gatos de nombre Magritte, Kandinsky y Klee. Se dice que un día, cosa rara en él, bostezó; sin embargo, ¿el suyo había sido un bostezo o un proyecto de bostezo, sin vida y vacío? Al parecer, no había sido ni lo uno ni lo otro, porque donde antes estaba su cabeza, ahora estaba una manzana, y ellas no bostezan.

II

-Mi cabeza, necesito recuperarla. La última vez que la tuve sobre mis hombros fue antes de bostezar, pero no comprendo que me ha sucedido. Es obvio que puedo pensar, porque estoy pensando y que puedo ver y oír, pero ¿podré hablar? -me pregunté intentando poner mis ideas en orden.

-¿Le sucede algo? -me preguntó una transeúnte, bloqueándome el paso.

Obligado a detenerme, constaté mi imposibilidad de hablar y negué con la cabeza.

-¿Está seguro?

Asentí con la cabeza

-No lo tome a mal, pero que bien le sienta esa manzana verde -me susurró la mujer en tono lascivo-, combina con el color de mis ojos, ¿lo sabía?

Algo más sereno, pero sin ánimo de flirtear, me hice a un lado para reanudar mi caminata, asunto que ella no quiso interpretar como una negativa y, siguiéndome, volvió a susurrarme en el mismo tono:

-Me gustan los hombres conceptuales como tú, ¿me invitarías a tomar un copa?

Con ánimo de mandarla al demonio, la ignoré y seguí caminando.

-¡Mojigato, conozco a los de tu clase! -me gritó-. Andan por ahí, en plena noche, dándoselas de interesantes, pero son todos unos desfachatados.

Naturaleza muerta -pensé-. Si la forma de su cabeza fuera una fruta, estoy seguro que la de ella sería un durazno, porque su contenido es igual a un cuesco.

III

En cuanto vi un taxi, hice señas para detenerlo, pero cuando estaba por subir, reparé en el detalle de que mi cabeza ahora era una manzana muda, y desistí. Colérico, el taxista me lanzó unas palabrotas, apretó el acelerador y haciendo chirriar las llantas, como si éstas fuesen cómplices de su enojo, se alejó, perdiéndose entre una mezcla de vapores de tubo de escape y niebla invernal que, a trozos, ocultaba la calle. Naturaleza muerta -pensé, con redoblado ímpetu, y sin otra alternativa que seguir caminando, ajusté mi sombrero de hongo, que, por cierto, venía junto con la manzana, y me eché a andar rumbo hacia mi departamento, donde me esperaban Magritte, Kandinsky, Klee, tres gatos que habían decidido hacer de mí, su dueño. De haber tenido mi boca, hubiese sonreído, como cada vez que pensaba en ellos.

IV

Reflexionando sobre el intercambio de mi cabeza por la icónica manzana de Magritte, ya no recordaba ni mi nombre y cruzando y atravesando un sinfín de calles, rectas y curvas, doblé en una esquina y vi a un hombre con bastón y lentes oscuros, quien, al notar mi presencia, como si su brazo se activara por un resorte automático o por algún tipo de secreto engranaje, me extendió un tazón enlozado y rogó -una moneda para este pobre ciego o lo que sea su voluntad. Conmovido y activado por otro tipo de secreto engranaje, busqué en el bolsillo de mi abrigo y dejé caer la única moneda que me quedaba, dentro de su tazón.

-Amarrete -gruñó, el sí vidente, al ver mi donación-. Mejor me hubieras dado tu manzana, ¿no ves que esto no me alcanza para nada? -acto seguido, arrojó la moneda al suelo, que rodando, como si se despidiera del mundo, tintineó antes de ser tragada por un voraz y sucio desagüe.

V

Cabizbajo, seguí caminando y, a poco andar, me estrellé de frente con una muchacha naif cargada de libros, quien ante la fuerza del impacto dejó caer algunos volúmenes. Sin poder disculparme, intenté ayudarla, pero para mi sorpresa ella me dio una bofetada, que hizo girar mi manzana en 180 grados, y tras exclamar -degenerado- se alejó a toda prisa. Un tanto mareado, pero compuesto, seguí caminando; de pronto, un hombre fornido y vestido de negro, emergió de un callejón y, apuntándome con un revolver, me amenazó con la evidente finalidad de asaltarme -no grites y entrégame tus pertenencias- farfulló entre dientes. Temiendo por mi integridad, seguí sus “instrucciones”, pero el matón, al verme de cerca, lanzó un grito y, succionado por el callejón, desapareció. Pasé por alto la ironía de que el que gritara fuera él y no yo, y cansado de sortear tantos líos callejeros, redoblé el ritmo de mis pasos, ansiando llegar sano, salvo, aunque con una manzana por cabeza, a mi pequeño departamento.

VI

En cuanto divisé a mi gato Magritte, asomado al balcón, sentí que él podría ser clave en mi mutación y como un rayo, entré al edificio y me zambullí dentro del ascensor, que resultó ser un inmenso cielo celeste, plagado de nubes. Lo que me faltaba -pensé-, ahora tendré que subir hasta mi piso, brincando de nube en nube, sin percatarme que a mi costado se hallaba la mujer del último piso, una viuda entrada en años, supuestamente elegante y de estilo figurativo, quién entre los vahos de su pachulí y el humo de su cigarrillo, inserto en una boquilla, contempló mi sombrero y sin resistir la tentación, me preguntó si lo tenía a la venta. Aparentando calma, salté a otra nube, no obstante, la viuda, decidida a adquirir mi sombrero, saltó tras de mí, ofreciéndome sumas de dinero, como si yo fuese una codiciada pieza expuesta en un remate. Sin aparentar calma y aferrado a la idea de que mi cuerpo sería ingrávido, me lancé al vacío, dejando inconcluso el exasperante regateo; sin embargo, el estruendo de mi caída, no solo me hicieron recuperar mi cabeza, sino que además me demostraron que no era una óleo sobre tela, sino una persona de carne y hueso. A duras penas, me puse de pie, bajo las miradas expectantes de mis gatos.

VII

-Debo suponer que todo esto fue obra de ustedes -dije con voz firme, reprimiendo un quejido-. Les advertí que no me usaran como objeto lírico, sepan que no es agradable que reemplacen tu cabeza por una fruta, tal vez, para ustedes, sea algo cotidiano, pero para mí no lo es -hice una pausa y continué-. Espero que esto no vuelva a repetirse ¿esta claro? Los tres me observaron con ojos inocentes, y como ofrenda de paz, Kandinsky me entregó su ovillo de lana, que al estirarlo, resultó ser una ilustración abstracta con infinitos círculos de colores, distribuidos uno al lado del otro y uno dentro del otro, tan hipnóticamente concéntricos, que acabo de recordar que soy un hombre llamado Anónimo, que entre los puntos y líneas trazados por otro hombre, crucé el dibujo de la puerta de entrada a un mundo realista, cuando éste, al  bostezar, dejó de protegerla. Sin embargo, ¿el suyo había sido un bostezo, o un proyecto de bostezo, sin vida y vacío?

El bufón del Rey

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Nadie ponía en duda la inestabilidad del Rey. Si bien era culto y en extremo gentil, una semana estaba triste y a la siguiente, feliz. Un buen antidepresivo hubiese aliviado sus penas, pero dado que la industria farmaceutica aún no existía, el encargado de levantarle el ánimo era Gastón, su querido bufón.
-Majestad, yo solo soy un placebo. ¿Por qué no organiza uno de esos opíparos festines que tanto le gustan?
-Olvídalo, Gastón, mi último festín fue un desastre. Recuerda que algunos de los invitados enfermaron de peste bubónica y culparon a mi chef por ello.
-Es cierto, qué lástima que no tomara en serio mi advertencia y contratara los servicios de mi amigo, el flautista de Hamelin.
-Deja ya de culpar a mis ratones Gastón, ¿no comprendes que estoy aburrido y que siento un vacío en mi interior que no sé cómo llenar?
-¿Y si ordena algunas decapitaciones?
-Naaaa
-Entonces, envíe a sus soldados a capturar un par de brujas y quémelas en la plaza pública -sugirió el bufón-. Desde su más tierna infancia usted es aficionado a lo horrendo, hágalo y de paso ejecute a mi esposa, se lo ruego.
-Te desconozco, Gastón, eso aliviaría tus pesares, mas no los de mi pobre corazón.
-Señor, ¿no ha pensado embarcarse hacia las Américas?
-¡Eso es! Tengo entendido que los nativos son seres pacíficos y que no derraman sangre como nosotros.
-Esa información es algo inexacta, Majestad. Un amigo me escribió, y gracias a él me enteré de sus llamadas Guerras Floridas.
-¿Floridas?, pero si hasta el nombre es hermoso. Ha de ser un ritual de paz con cánticos y amor libre por doquier.
-Majestad, no me refiero a Woodstock. Este es un ritual de sacrificio humano, en el cual se le extrae el corazón a un prisionero a modo de ofrenda y es sumamente sangriento.
-Gastón -dijo el Rey, cambiando su algarabía por nostalgia-, te ordeno que averigues todo lo que puedas sobre esas ceremonias. Es obvio que mis ejecuciones ya no causan fervor entre mis súbditos.
-En eso tiene razón, el rating de las decapitaciones ha descendido de manera preocupante y ya casi no tienen auspiciadores; sin embargo, cambiar su estrategia de marketing, no sanará su tristeza, Majestad.
El Rey guardó silencio y, cabizbajo, comenzó a caminar en círculos por el aposento, mientras Gastón lo taladraba con la mirada. Al cabo de un rato, se detuvo y, observando a su bufón de pies a cabeza, le preguntó:
-¿Cómo lo haces para no aburrirte?
-Creando, Majestad. Si usted inventara historias, le aseguro que jamás el hastío se apoderaría de su vida.
-¡Tonterías! Un rey no tiene tiempo para crear historietas isabelinas de horror. Lo que haré será ejecutar a mi actual esposa, para así poder contraer nupcias con la más bella doncella de la corte.
-Tengo una mejor idea. ¿Qué tal si usted asume como bufón y dedica el resto de su vida a crear, y yo asumo como Rey y me dedico a gobernar?
-¡Eres un genio, Gastón! -exclamó el Rey-. Siempre he soñado con usar tu malla strech de rombos multicolores y danzar al sonido de tus cascabeles. Deduzco que tu sueño es usar mi corona y vestir mi capa de armiño, ¿o me equivoco?
Fue así como el Rey dejó de ser emocionalmente inestable y nunca más volvió a sentirse vacío, pues abdicó a su vida de monarca para darle rienda suelta a su creatividad y ser el bufón de Gastón I y, como en los mejores cuentos, todos vivieron felices para siempre.