Oro, incienso y mirra

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Oro, incienso y mirra, fueron los regalos que recibió Jesús la noche de su nacimiento. Oro por Rey, incienso por Dios y mirra por hombre. Un hombre tan especial, que dividió a la historia en un antes y un después, un hombre que ha inspirado a cientos de artistas y sobre el cual se han escrito muchas historias. Como lo admiro, pero no soy capaz de escribir sobre él, quiero compartir un fragmento de una entrevista publicada en la revista “The Saturday Evening Post”, a Albert Einstein, que relató su admiración por Jesús, mejor que nadie. “Soy judío, pero estoy fascinado por la figura luminosa del Nazareno. He leído mucho acerca de Jesús, pero todo me parece poco profundo porque Jesús es demasiado colosal para la pluma de cualquiera, no importa cuan artística ésta sea. Ningún hombre puede mover el cristianismo con una réplica ingeniosa. Algunos ponen en duda que Jesús haya existido, pero yo la acepto incuestionablemente. Nadie puede leer los Evangelios sin sentir la verdadera presencia de Jesús. Su personalidad palpita en cada palabra. Ningún mito está lleno con tanta vida. Qué diferente, por ejemplo, es la impresión que recibimos por cuenta de héroes legendarios de la antigüedad, como Teseo y otros héroes de su tipo, que no tienen la vitalidad auténtica de Jesús. Nadie puede negar el hecho de que Jesús existió, ni de que sus palabras son hermosas y si algunas de ellas, se hayan dicho antes, nadie las expresó tan divinamente”.

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