Vivir y morir mil veces

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Melquíades era un hombre que había consagrado su vida a la literatura, a su familia y a sus ideales. Desde que quedara viudo y su hijo se marchara para formar su propia familia, la nostalgia recorría todos los confines de cada resquicio de su alma y para aplacar el sonido de sus pasos, se ocultaba de ella en el último rincón que le quedaba de vida, impartiendo clases de ajedrez. Yo era una sus alumnas, y no precisamente una alumna aventajada.
-Si no proteges a tu reina, vas a perder -me advirtió.
-Lo sé, pero miro el tablero y no encuentro ninguna salida -respondí-. Lo lamento, pero, a pesar de sus esfuerzos, nunca seré una buena jugadora de ajedrez.
-Te propongo una idea -sugirió Melquíades-: pensemos en tu reina no como una pieza, sino como un ser de carne y hueso.
-¡Acepto! -exclamé-. Su reino no será el ajedrez, sino el mundo, y tendrá que lidiar con lo humano y lo divino.
-Así es, piensa en ella y dime lo que sientes.
-Creo que la reina busca darle un sentido a su sinsentido. Pienso que su vida debe ser tan absurda como la nuestra, que nos inventamos quimeras inalcanzables para dejar un rastro, una huella, algo que nos haga ser recordados, como si no supieramos que somos olvidables y prescindibles. Pobre reina -murmuré-, sus victorias y sus derrotas no le importan a nadie, excepto a ella, o quién sabe, tal vez esta tan cansada del mundo que ni a ella le importan.
-Voy a decirte lo que pienso como si me lo hubiera contado la mismísima reina: tú no eres imprescindible para el mundo; sin embargo, el mundo sí lo es para ti. Con certeza, tú no pediste venir al mundo, pero quizás el mundo pidió que vinieras. No me pidas razones, porque no las sé, pero siento que el mundo es el que deja sus huellas en nosotros y no nosotros los que dejamos nuestras huellas en él. Recordar una caricia, un aroma, un rostro, un momento, no son otra cosa que las huellas del mundo sobre nosotros, y si buscamos verdades intangibles es porque el mundo es la única verdad tangible que poseemos. El mundo nunca va a dejar de girar por ti, ni por mí, ni por nadie y nunca nos exigirá nada, ya sea por generosidad o por indiferencia, pero todos lo necesitamos para poder hacer algo con nuestras vidas. Vivir para morir, es contradictorio, pero reinventarme es el sentido mi vida.
Melquíades suspiró y yo comprendí. Al instante, como una epifanía, supe lo que tenía qué hacer.
-Maestro, mi reina esta a salvo. Le advierto que si no protege a la suya, la vida de su rey estará en peligro.
-Descuida -dijo, guiñándome un ojo-, son las reglas del juego. Recuerda que todos ellos volverán a vivir y a morir mil veces.

 

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15 comentarios en “Vivir y morir mil veces

  1. Es muy bueno, Zoe. Me ha encantado. Al principio no pude evitar recordar al Melquiades que revolucionaba Macondo con sus inquietantes maravillas, pero después, al adentrarme en el texto, descubro una nueva dimensión más filosófica en ese maestro, no solo de ajedrez, que humaniza el tablero y se apoya en él para escalar mucho más alto en el pensamiento y en el sentido más profundo de la existencia. ¡Mate en cinco o seis párrafos!
    Que gran juego inventaron los árabes, metáfora de la guerra, y de la propia vida.
    👏👏

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      1. Tengo entendido que el ajedrez que jugamos nosotros es el árabe. Ellos lo llevaron a España y la reina Isabel la católica reemplazó el nombre de la pieza de Dama a Reina. ¡Bien hecho!!

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