Ella para siempre

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Me la encontré en una calle sin salida. En cuanto me vio, me tomó de la mano y me hizo caminar junto a ella. Era primera vez en mi vida que la veía, pero qué diablos: entre caminar solo, era preferible hacerlo acompañado, aunque como dicen por ahí, más vale estar solo, ya que a veces, me soltaba para apurar sus pasos, que eran cortos, pero rápidos y yo tenía que correr para alcanzarla, o yo la soltaba y apuraba mis trancos para dejarla atrás. Tal vez, la explicación para nuestra actitud era que la calle elegida por ella era cuesta arriba o que, simplemente, no congeniábamos, porque hasta nos cansábamos a destiempo. Cuando el que sucumbía al cansancio ero yo y jadeando, me detenía para tomar aliento, me daba un par de coscorrones o me tironeaba de la ropa para continuar, pero cuando era ella la que sucumbía, no solo tomaba aliento para continuar, sino para echarme en cara que yo era el culpable de su cansancio, que no la comprendía, que no la apoyaba, que no esto, que sí aquello, y yo, en lugar de huir, me quedaba de pie junto a ella escuchándola rabiar contra los adoquines, el asfalto, el clima o incluso contra sus zapatos, que, según ella, eran un calvario para sus pies. Furiosa, desviaba su enojo y alegaba contra un anónimo zapatero que, a kilómetros de distancia, pegaba tachas, ajustaba cordones o cambiaba una suela, totalmente ajeno a nosotros. En momentos así, cómo envidiaba a ese hombre, que no estaba fozado a caminar junto a ella y que, tranquilo, pasaba los días sumido en lo suyo, rodeado de zapatos e inhalando neoprén o cualquier sustancia volátil, propia de su oficio, que lo dopaban aislándolo del mundo entero. Entonces, mis ansias por cruzar la calle, dar vuelta una esquina o devolverme para caminar cuesta abajo, ahumentaban, pero el panorama de tener que tomar otra vía, quizás tanto o más empinada que la actual, me hacía recapacitar y tolerar a la mujer que marchaba a mi lado. Total, ya llevaba un extenso tramo subiendo esa cuesta y no estaba dispuesto a perder todo lo que había avanzado; por lo demás, había desarrollado una técnica para filtrar el sonido, y la verborrea de esa gruñona quedaba aplacada por el dulce sonido citadino y los bocinazos, trinos de pájaros, rugidos de motos, ladridos y una que otra trifulca callejera, me parecían música y, como el zapatero, me evadía inhalando smog y gases contaminantes. Qué más daba, ahora yo dirigía el trayecto y ya vislumbraba el final de la calle, lugar en el cual ambos, de mutuo acuerdo, nos separaríamos, pero al voltear para apurarla, ella no estaba. Seguramente andaba por ahí, maldiciendo a sus zapatos, y entre la encrucijada de desandar todo lo avanzado para ir a buscarla, o hacerme el desentendido y seguir sin ella, opté por seguir. Caminé media cuadra, pero por ilógico que parezca, la extrañaba; caminé otra media cuadra y me detuve. Esa cuesta nos pertenecía y juntos llegaríamos a la cima y, descendiendo, rompí mi ley del sonido para llamarla a todo pulmón, pero en cuando vi sus zapatos gastados al borde de una cuneta, pensé en ella, que con el tiempo se había gastado como ellos. Por primera vez la idea de que sus zapatos eran incómodos me pareció real y despojándome de los míos, que eran ya los de un hombre adulto, acomodé mis pies dentro de los que habían contenido a los suyos. Al instante, sentí su dolor, y una mezcla de angustia, amor y soledad se sumaron a mi dolor por haberla perdido. Recordé que habíamos emprendido subir esa calle juntos, siendo ella tan joven, y yo tan pequeño y que en más de una ocasión habíamos llorado de tanto reír, y ahora, llorando como un crío, pero no de risa, porque esa mujer había sido mi madre, secándome las lágrimas con las mangas de mi camisa, me puse de pie y sosteniendo sus zapatos como el más precioso de todos los regalos, en honor a ella, retomé la cuesta hasta llegar a la cima.      

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31 comentarios en “Ella para siempre

    1. Lo escribí en honor a todas las madres, porque ellas cumplen un papel difícil, incluso ingrato. Cuando uno es muy joven, no las comprende, pero con el paso de los años, poniéndose en el lugar de ellas, la visión cambia. Gracias por tus palabras, me motivan mucho.

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    1. Son tantas las palabras que quisiera expresarte, que solo las resumiré en que lamento tu pérdida. Uno sabe que si por edad se trata, los padres se irán antes que nosotros, pero cómo debe doler ese instante. Ahí es cuando los recuerdos llegan para compensarnos y suplen, de algún modo, su presencia. Un abrazo Lluis

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