El hombre del té y los 5 latidos

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Tan gastado estaba mi corazón, que, en 1 minuto, latía solo 5 veces, por lo que decidí venderlo para poder comprarme uno nuevo. Sin embargo, por tratarse de un corazón viejo y demasiado sensible, a nadie le interesó y decidí contratar a un corredor de almas y corazones para que me ayudara con el papeleo y los trámites que mi difícil transacción requería. Éste me citó a su oficina, y después de intercambiar las formalidades de rigor, me ofreció un té y se largó a leer los apuntes que le entregué para poder analizar mi caso. Al cabo de 5 minutos, emitió un suspiro desalentador y, reclinándose en su sillón giratorio, cerró los ojos y con los dedos de su mano derecha presionó sus párpados, como si quisiera hundírselos para siempre. Finalmente, detuvo su autotortura ocular y me habló, no para servirme el té, que antes me ofreciera, sino para explicarme que debido a que mi corazón estaba obsoleto, fuera de moda y era demasiado sensible, necesitaría un buen tiempo para reevaluar mi caso, elaborar encuestas y realizar un exhaustivo estudio de mercado, para así poder conseguir compradores. Todo un tema de oferta y demanda, muy difícil de resolver, me dijo, y 5 horas después me citó a una reunión de carácter urgente para exponerme la situación de que, por tratarse de un corazón viejo y demasiado sensible, la demanda por adquirirlo era baja o incluso nula, por lo que tendría que recurrir a su infalible plan B, lo que, dicho en otras palabras, significaba arrendar mi corazón, no en su totalidad, sino a inquilinos para las habitaciones menos dañadas. Me pareció un buen plan y acepté. La primera interesada fue la venganza, pero como no me agradó, la rechacé y, furiosa, jurando vengarse de mí, se alejó. Después vino la tristeza, pero estaba tan triste, que se marchó antes de escuchar un sí o un no por respuesta y, por último, vino la melancolía, quien después de pernoctar 5 días en mi corazón, se puso tan melancólica, que, disculpándose, tomó sus maletas y partió a buscar a su verdadero corazón. Desilusionado del famoso plan B, acudí nuevamente al corredor, en busca de un plan C. Según él, la venganza, la tristeza y la melancolía eran policías encubiertos y, algo histérico, después de mucho pensar; es decir, 5 minutos, ideó un pack promocional, consistente en alquilar tres habitaciones por el precio de una. Accedí y, pronto, la fortaleza, la ironía y la astucia llegaron con sus maletas y se alojaron tan cómodamente, que las autoricé a quedarse el tiempo que quisieran y me olvidé del contrato, pues me sentía renovado y feliz. 5 días después, golpearon a mi puerta y al abrirla me encontré cara a cara con el corredor de almas y corazones, quién impidió que le negara la entrada, interponiendo su pie y, haciéndome a un lado, abrió su portadocumentos, extrajo una copia del contrato y, lupa en mano, me obligó a releerlo. Según las cláusulas, mis inquilinos no podían permanecer por tiempo indefinido sin pagar, y sin beber el té que le preparara se marchó dando un portazo, sin antes amenazarme con interponer una demanda si no cancelaba la suma pactada, más los intereses acumulados, dentro del plazo de 5 días. A los 5 segundos, mi corazón recibió a la ansiedad que, nerviosa, reunió a los otros huéspedes para urdir un plan D, y éste consistía en denunciar al corredor de almas y corazones por realizar trámites ilegales, fraude y manejo indebido de la paciencia, más daños provocados a terceros, en este caso, a mi corazón. Tras interponer la demanda, el corredor fue obligado a comparecer en un citatorio y, 5 minutos después, fue encontrado culpable de todos los cargos. 5 años más tarde, ya en libertad, envejecido y con menos latidos a cuestas, volvió a ejercer, pero tan gastado estaba su corazón, que recurrió a mí para vendérmelo; sin embargo, a los 5 segundos el ex corredor de almas y corazones se dio a la fuga, solo porque me recogí las mangas de la camisa para poder atarme los cordones de los zapatos, idea que me susurró la ironía y que me hizo reír durante 50 gratos minutos, aumentando los latidos de mi corazón, viejo y demasiado sensible, a 50 por minuto. Para celebrar, me preparé un té helado con limón y mucha azúcar, y lo bebí contemplando el atardecer.

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