Libertad

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“…negro como las alas de un cuervo y reluciente como el azabache. Poseo un compañero similar a mí en rango y estirpe, mas nos separan diferencias irreconciliables, pues, aunque ambos estamos al servicio del rey, mientras él obedece toda orden por muy necia que ésta sea, yo nunca las cumplo sin antes cuestionarlas. Sé que mi vida transcurre dentro de 64 paredes y que, como todos, no me es permitido cruzar ninguna frontera, pero cómo anhelo poder hacerlo para ser libre de correr a mi antojo por las verdes praderas, ceñido a las reglas de mi propia consciencia y no a las reglas que otros me imponen, pero dado que no soy dueño ni de un ápice de mi propio destino, día tras día, debo batallar y dar muestras de mi arrojo. No en vano ostento una cicatriz, tras ser herido en contienda, acto que me hizo ganar el respeto de toda la corte; sin embargo, ¿de qué me sirve ese respeto si ni siquiera puedo usarlo como ofrenda para obtener mi libertad? Con tristeza observo los altos muros que rodean la ciudad, las dos torres en las cuales los guardias se turnan para vigilar día y noche, al igual que las macizas puertas cerradas implacablemente, y, absorto en mi soledad, con la noción de estar en desventaja ante tan celosa custodia, insisto en aferrarme a la ilusión de ser liberado antes que la vejez y la muerte me alcancen. Pronto se avecina una dura batalla contra un ejército tan poderoso como el nuestro, pero blanco como la nieve, y una vez más tendré que poner en jaque mi vida por una causa ajena a la mía. ¿Existirá acaso alguien, a lo lejos, capaz de cuestionar las reglas y de objetarlas, destinado a comprenderme?”.

La pequeña niña se acercó al tablero de ajedrez y, fascinada, observó cada una de las 32 piezas. De pronto, notó que uno de los dos caballos negros estaba trizado, y, decidida, sin dudar si era o no correcto dejar solo 15 piezas negras, lo tomó suavemente y tras besar su herida, lo llevó a su habitación para depositarlo en su inmenso cofre de tesoros, uno tan grande como el mundo, pero sin fronteras, adornado con flores de lis y forrado en un terciopelo, verde como las praderas y suave como el paraíso, y tras susurrar -yo sí te comprendo- cerró la tapa de su cofre, liberándolo para siempre de las 64 casillas, pues ella era capaz de cuestionar las reglas y de objetarlas, mas aún si se trataba de un hermoso caballo… negro como las alas de un cuervo y reluciente como el azabache.

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16 comentarios en “Libertad

    1. ¿Paradójico porque lo guardó en su cofré? Piensa que ambos, sin saberlo, estaban conectados y que el tamaño de ella,”la pequeña niña”, es gigantesto para él. He ahí las claves del relato: la proporción, el tiempo y la relatividad.

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      1. Sólo me adelanto. El cofre ahora es su paraíso, luego será su cárcel, un muro, su Dios -ella- tendrá que sacarlo y eso se repite. Sólo le vi ese lado melancólico xD

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      2. Creo que tu visión es pesimista, tal vez si lo leyeras nuevamente notarías que ella no es su Dios, sino alguien que pudo romper las reglas que él no pudo romper. Ella lo rescató

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      3. Pero es una fábula, un cuento, acá el cristianismo no juega ningún papel. Da lo mismo si la niña es rubia, cristiana, morena, budista, linda o fea. Lo que importa es su determinación y su casi mágico lazo con él.

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