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El 17 de enero de 1793, Luis XVI, rey de Francia, fue condenado a muerte por la convención revolucionaria con el veredicto “muerte, sin frase”, una explicación tan desconcertante, como la que viviera Josef K en la novela El Proceso, de Kafka. Visto desde ese punto, situarse en las emociones de Luis Capeto, hombre de buenas intenciones, pero de poco carácter, que vivió rodeado de lujos, de salones y galerías con espejos, por una condición que él no eligió, resulta abrumadora. Pensar en él, siendo trasladado desde la prisión del Temple hasta la plaza de la Concordia, para ser guillotinado en público, sin perder la compostura y con una firmeza que impresionó hasta a su propio verdugo, el famoso Sansón, es evocar a un hombre que, al margen de su papel histórico, supo afrontar sus últimos momentos con una dignidad admirable.

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