Una larga noche

2016-02-16_06-03-49

-No tengo sueño, cuéntame una de tus historias furtivas, ¿sí?

-Si dejaras de mordisquear esa manzana, probablemente sentirías sueño, pero esta bien, lo intentaré.

-Soy toda oídos.

-Atardecía y bajo una leve llovizna otoñal, un hombre rubio, alto y sereno, se adentró por las calles de la ciudad rumbo a…

-Atardecía, esclarecía, caía el sol, en pleno ocaso, al huir el día. Siempre comienzas con un atardecer, además, no me gustan los rubios.

-Disculpa, olvidé al niño rubio que te molesta, ese tal Martín.

-Se llama Joaquín y no me lo recuerdes, lo odio.

-Comprendo. Amanecía y bajo una leve llovizna otoñal, un hombre moreno, alto y sereno se adentró por las calles de la ciudad rumbo a su trabajo. Con el rostro sombrío…

-No seas tan deprimente, deseo que me narres la vida de un tipo feliz.

-Tus deseos son órdenes. Amanecía y bajo una leve llovizna otoñal, un hombre moreno, bajo y sereno se adentró por las calles de la ciudad rumbo a su trabajo. Con el rostro alegre, ingresó a su oficina, encendió su computador y feliz abrió su maletín…

-Es ilógico que sea feliz con semejante rutina, no me resulta creíble, prefería al rubio.

-Esta bien, retomo desde el comienzo. Atardecía y bajo una leve llovizna otoñal…

-Es amanecía, y eso de la llovizna otoñal no me gusta para nada.

-Capto, sin atardecer, sin llovizna, sin otoño. Improvisaré entremezclar ideas, ¿te parece?

-Me parece.

-Prosigo. Amanecía y un hombre rubio, bajo y sereno se adentró por las calles de la ciudad rumbo a una discoteca…

-¡Que ridículo!, cómo va a ir a una disco si amanecía.

-Escucha, tal vez era de noche como ahora y esté durmiendo, no engullendo manzanas, ni circulando por la ciudad.

-No está durmiendo porque no es un hombre cualquiera, es un hombre lobo.

-¿Un hombre lobo?

-Sí, y además es oscuro y seductor.

-Como digas, acá voy de nuevo. Anochecía y un hombre lobo, moreno, alto, oscuro y seductor se adentró por las calles de la ciudad rumbo a una discoteca. Con el rostro misterioso…

-Un rostro no es misterioso, su expresión es la misteriosa.

-Tienes razón, continúo, no deseo perder el hilo narrativo.

-Por supuesto.

-Con el rostro alegre…

-La condición de licántropo no es alegre, ¿acaso no viste la película?

-¿En qué momento la viste? Esa trama es demasiado perturbadora para ti.

-Uff, anochecía y un hombre lobo…

-Rubio, bajo y nervioso se adentró por las calles de la ciudad rumbo a una discoteca. Con el rostro sereno, ingresó a su oficina y…

-¿Cómo qué a una oficina, no qué era una discoteca? Además, su estatura no me cuadra.

-Estatura mediana, ni alto ni bajo, y era el jefe, el administrador; los vampiros y los hombres lobo también trabajan, ¿vale?

-No, el Conde Drácula no trabaja, vive en un castillo y es multimillonario.

-¡Pero éste no es Drácula!

-¿Quién es entonces, cómo se llama este vampiro?

-Martín, el vampiro Martín, así se llama y es el arquetipo clásico, ¿estamos?

-Perfecto.

-Resumo. Anochecía y el Conde Martín ingresó a una discoteca. Con el rostro imperturbable, abrió su maletín y encendió el computador…

-Vive en el siglo XIX, ¿acaso no sabes que los computadores son posteriores?

-Si vas a corregirme, en ese siglo tampoco existían las discotecas.

-Tú eres la que insistió en contarme esta patraña, lo menos que puedes hacer es situarte en el contexto.

-Eso hacía, me adecuaba a la atmósfera.

-¿Atmósfera?

-Ambientación, atmósfera, son la misma cosa.

-Atmósfera me suena a astrofísica.

-¡Te lo acabo de explicar!

-No te exaltes.

-Retomo. Anochecía y un vampiro de mediana estatura, cabello oscuro y seductor, subió a su carruaje y se adentró por las calles de Transilvania sin rumbo fijo. Con el rostro severo, ingresó a una cantina, encendió una vela con su mirada y abrió su capa lentamente…

-Lo prefería como era antes.

-Con el rostro histérico, subió a su descapotable y se adentró por las calles de la ciudad rumbo a una manzana y furioso, arrojó su capa al suelo, la destrozó y aullando, abrió su computador y encendió su maletín…

-Es al revés.

-¡Basta, me harté! no más historias, ya no más, estoy cansada y tengo sueño.

-No llores Sara, no pasa nada, creo que te obsesionas demasiado.

-Debe ser un vacío creativo, lo lamento tanto.

-La náufraga pianista y el lobo hombre me gustaron, aunque la historia de la cuenta regresiva nunca la entendí del todo. Si mal no recuerdo, tú ahí me asesinabas, ¿o no?

-Perdóname Nora, te usé como recurso macabro.

-Vaya recurso; en fin, ¿sabes cuál sería un gran giro?

-¿Cuál?

-Eran las 16:30 y una mujer rubia, alta y seductora se adentró por las calles de la ciudad, rumbo a su “supuesta” oficina. Con el rostro imperturbable, encendió un cigarrillo, abrió su maletín y comenzó a escribir: No tengo sueño, cuéntame una historia, ¿sí?

-Ese giro no tiene nada de novedoso; además, ¿por qué razón abrió su maletín?

-Para sacar su revólver, obvio.

-¿Para matar a quién?

-No lo sé, supongo que a un zombie.

-Ya duérmete, tal vez mañana te cuente otra historia.

-Esta bien, buenas noches Sara, te quiero.

-Buenas noches Nora, descansa.

Después de una larga noche otoñal, amanecía y bajo una leve llovizna, un hombre de cabello castaño, alto y sereno se adentró por las calles de la ciudad, rumbo a su hogar. Con el rostro cansado, entró al dormitorio de sus hijas gemelas y sigiloso, para no despertarlas, encendió el calefactor, abrió el armario, tomó dos frazadas y arropó a cada una, según su color favorito, rojo para Sara y azul para Nora. Luego, se dirigió a su habitación, besó a su esposa Fabiola, que también dormía, se recostó junto a ella y bajo el influjo del aroma de su cabellera, que siempre olía a café recién hecho, se durmió enseguida, para soñar que era un anciano que vivía en otra época y que se adentraba por unas extrañas callejuelas, ingresaba a un laboratorio, encendía una máquina futurista y abría un maletín, repleto de piezas de ajedrez, una y otra vez.

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